Álbum de fotos

JULITA CORTES Y LOS MACHUCAMBOS


Años sesenta. Era la época del ye-ye , del twist y el rock and roll . En París, Brigitte Bardot brillaba por su erotismo mientras confesaba  “J’adore les Machucambos”. Estos formaban un trío de músicos aficionados que pusieron a bailar a Europa con canciones como La bamba y Pepito, mi corazón . La voz sensual que los hizo inolvidables fue la de una costarricense: Julia Cortés.

Nieta del ex-presidente León Cortés Castro e hija de Otto Cortés, Julita fue una de las primeras costarricenses en abrirse paso en la escena internacional, de la mano de la conocida agrupación de música folclórica latinoamericana.

Julita dio sus primeros pasos como artista a los 20 años, cuando se mudó a Europa a trabajar como secretaria de la Embajada de Costa Rica en Madrid, España.  De ese país Cortés pasó a Roma, Italia y luego a París, Francia. L’Escala era un pequeño bar en el Barrio Latino y el centro de la música latinoamericana en París. Allí iban a tocar intérpretes que después se hicieron célebres, como la chilena Violeta Parra y el argentino Atahualpa Yupanqui. En L’Escala coincidieron quienes formarían los Machucambos: a los amigos Julia Cortés y Romano Zanotti se les unió el español Rafael Gayoso.

Ya desde la primera noticia periodística sobre el trío, en noviembre de 1958, se destacaba su inconfundible presencia, sus piernas desnudas y su cara de campesina, descrita como “fea y sana”. Esta “campesina” se convirtió en un rostro frecuente en los periódicos de la época, en la vedette de la música sudamericana en Europa. Julita empezó a ser presentada como aristócrata pues era nieta de un expresidente de un pequeño país latinoamericano (León Cortés), y pronto se la comparó con otros mitos de la escena francesa, como La Mistinguette y Josephine Baker.

La cultura latinoamericana causaba furor en Francia y su tradición musical les sirvió de impulso. El trío obtuvo un éxito inicial con La bamba y Duerme negrito , nunca antes grabados en Europa; pero el despegue verdadero vino con una gira por Francia y sus colonias de ultramar: Túnez, Argelia y Marruecos. Recorrieron más de 150 ciudades con un espectáculo destinado a dar a conocer el folclor latinoamericano, realizaron un disco y obtuvieron el Gran Premio de Francia a la mejor grabación. Aún no eran un producto comercial, pero la experiencia les dio la oportunidad de conectarse con las nuevas generaciones. Desde ese momento, y hasta la hoy, no hay un solo francés que haya vivido su juventud entre las décadas del 50 y del 60 que no recuerde con nostalgia a Los Machucambos.

A su regreso a París, el director de una discográfica popular asistió a una de sus presentaciones y los contrató para grabar en serio. Era el año 1959 y el disco ganó el gran premio de la Academia Francesa. Dos años después, el mismo productor los instó a que probaran suerte con la música bailable y que compitieran con el mambo y los ritmos de moda. Como no tenían con qué rellenar la segunda cara del pequeño acetato de 45 revoluciones por minuto, el trío tomó un rock and roll titulado Pepito y convertirlo en chachachá. Lo demás es historia.

Casi 50 años más tarde, los jóvenes que vivieron el fenómeno aún lo recuerdan y lo tararean con la misma emoción: Pepito, mi corazón, Pepitín, Pepitón. Pepito de mis amores...En dos meses escaló al primer lugar en Francia y así se mantuvo durante más de nueve meses. Su impacto arrastró a Europa y Turquía e incluso llegó al número 19 de la revista Billboard , en los Estados Unidos.

De ahí en adelante, el trío continuó con la música bailable, y el éxito se convirtió en un fenómeno de masas y de discos.

Esa fórmula permitió romper las perspectivas estrechas de la música folclórica y acercarse a una audiencia masiva que creció de la mano de la industria discográfica, la radio y la televisión. Por supuesto, el paso siguiente fue saltar a los grandes teatros franceses y europeos.

Adquirieron el mítico espacio de L’Escala, en el Barrio Latino, pero nunca tocaron en él, porque era un lugar demasiado pequeño para la dimensión de sus espectáculos. Julita Cortés requería un escenario acorde con su movimiento expansivo y su creciente carisma. El sitio escogido fue el teatro de variedades más importante de Francia: El Olimpia. En 1962, llenaron por primera vez el célebre auditorio, en un ritual colectivo que continuó a lo largo de la década.

Cuarenta años después, en una entrevista que me concedió para un libro en preparación, Julita se sinceró: “(Nos) sucedió lo que le pasó a Ricky Martin, que con una canción idiota ( Livin la vida loca ), fascinó a todo el mundo y, ¡boom! , se hizo famoso”.  Julia Cortés y Los Machucambos  grabaron unas 700 canciones, 50 discos de larga duración y unos 80 sencillos, pero ella nunca se explicó su éxito ni se lo tomó en serio. Lo vivió igual como empezó a cantar: por gusto, como un golpe de suerte en una noche de bohemia en el Barrio Latino.

Los Machucambos fue el primer grupo europeo en grabar músicalatinoamericana con un sonido contemporáneo, aprovechando la tradición cultural del continente como un todo, sin importar las diferencias geográficas. Sin embargo, como dice el dicho, el éxito se va tan rápido como llega. En el 2000, delante de su impresionante colección de recortes de prensa, fotografías y recuerdos, Rafael Gayoso explicó cómo terminó: “¡Era todo! ¡Julia!, la que tenía la voz, la que tenía la presencia en escena, la que tenía todo. ¡Sin Julia no había Machucambos!

“Julia fue la piedra de base de Los Machucambos. Por su talento de cantante, que no sé de dónde le venía, porque no lo perdió en ningún sitio; por su belleza y por su presencia escénica, era la base del grupo. Nosotros, Romano y yo, no hacíamos más que completar la presencia de ella, con nuestras voces y arreglos musicales, que era la parte que me correspondía; pero sin Julia no había Machucambos.  “La prueba es que cuando llegó un día en que, por diferentes razones, nos separamos, nos costó mucho poder seguir nuestra profesión. Ella nos hizo y nos deshizo”.

En 1972, Julia se desmayó en un teatro de Bruselas, la capital de Bélgica, y dejó de cantar. Se le diagnosticó meningitis, y Rafael, su esposo, así como los padres de Julita, decidieron enviarla a Costa Rica para que se recuperase y recobrara su energía. En realidad, Julia Cortés había decidido no volver a Los Machucambos.  En Costa Rica grabó un disco y se presentó acompañada por el trío Los Millonarios. Ese fue el preludio de un largo silencio. Se recluyó en su casa en Escazú y se convirtió en una mujer común y corriente.

Los Machucambos continuaron sin ella, pero nunca alcanzaron el éxito anterior. En cada espectáculo, los asistentes buscaban afanosamente los pies desnudos de la inconfundible Julita Cortés. En las tres décadas siguientes, más de diez cantantes intentaron sustituir a Julita, algunas veces con dos intérpretes a la vez, sin recuperar el esplendor pasado.

En el 2000, Julita me dijo: “Es curioso. Yo no he perdido la voz, lo que perdí fueron las ganas de cantar”. El 15 de junio del 2004, 33 años después de no reunirse en un escenario, Julia Cortés y Los Machucambos se presentaron en el Auditorio Nacional. Su voz no había cambiado.

Dos años después se le encontró un cáncer en la garganta, y la cantante de los pies desnudos no volvió a cantar. Su vida se fue apagando lentamente, y, el  21 de noviembre de 2008, sin que casi nadie se diera cuenta, Julia Cortés, la mujer que fue una leyenda en Europa, murió.

La última vez que los costarricenses vieron cantar a Julita Cortés y Los Machucambos fue en junio del 2005, cuando la agrupación dio un concierto en el Teatro Popular Melico Salazar.

A criterio del crítico de música Alberto Zúñiga, la pérdida de la cantante deja un gran vacío en la escena musical.  “Ella cumplió una etapa, lo que ellos hacían nadie lo ha vuelto a hacer. Con ella muere una manera de cantar y un tipo de espectáculo”