1. feb., 2016

¿QUÉ REPRESENTÓ LA NAVE? Charla de Nacho Lavernia

¿Qué representó el proyecto colectivo La Nave en el contexto del diseño valenciano de la transición?  

Charla de Nacho Lavernia del Ciclo “Arte y Cultura en la memoria de la Transición valenciana. 1975-2000” 01/12/2015

 

 

En primer lugar quiero agradecer las amabilísimas palabras del profesor Román de la Calle y de Manuel Muñoz, Presidente de la Academia, y que me hayan dado la oportunidad de cerrar este ciclo sobre “Arte y Cultura en la Memoria de la Transición valenciana. 1975-2000”. Y también agradeceros a todos vuestra asistencia. Cuando el profesor Román de la Calle me lo pidió acepté encantado, pero con cierta inquietud. Por varias razones. Primera, porque no sabía, y sigo sin saberlo, si a pesar del tiempo transcurrido sería capaz de tener una mirada objetiva sobre lo que hicimos entonces y lo que significó La Nave en la evolución del diseño valenciano. Formé parte de ese proyecto y ese proyecto marcó decisivamente mi vida. Hablar de él con objetividad me resulta difícil. Segunda, porque hay, seguro, tantas miradas como “navieros”, es decir, cada uno de mis compañeros tiene sin duda una visión algo distinta de lo que fue La Nave. Y en tercer lugar, porque se ha escrito mucho sobre ello. La Institució “Alfons El Magnànim” en su colección “Itineraris”, dirigida por Román de la Calle, editó en 2005 una monografía sobre La Nave escrita por Javier Gimeno Martínez. Además, en el anterior ciclo de conferencias “Los últimos 30 años del arte contemporáneo valenciano” hubo dos, dedicadas al diseño gráfico y al industrial en la Comunidad Valenciana, a cargo de Alberto Carrere y Geles Mit la primera, y de Joan M. Marín la segunda, en las que se hace un estupendo resumen de la evolución del diseño en este período, con abundantes referencias a La Nave y a las trayectorias anteriores y posteriores de sus miembros. ¿Qué me queda por contar?

 

 

Bueno, he de empezar diciendo qué fue La Nave porque, aunque muchos de vosotros lo sabéis igual que yo, veo gente aquí que quizá no lo sepa. La Nave fue un estudio de diseño que fundamos en Valencia en 1984 once diseñadores y que estuvo funcionando hasta 1991. Pero para entender parte de lo que luego explicaré es importante que tengáis una imagen del espacio en el que trabajábamos. Y para eso nada mejor que ver el vídeo que a modo de introducción nos hizo el programa Metrópolis de TVE. Así pues creo que no tiene sentido centrarse en qué hicimos, porque eso ya lo han explicado otros, sino describir en qué contexto surgió La Nave, es decir, qué condiciones sociales, políticas y de diseño había en aquel momento y posteriormente analizar por qué tuvo un éxito y una influencia que, desde luego, ninguno de nosotros pudo imaginar.

 

 

Esto es lo que voy a tratar de hacer. Y empezaré por hablar de las circunstancias que lo hicieron posible, porque una de las conclusiones a que me llevaron las primeras reflexiones que me hice al plantearme cómo enfocar esta conferencia es que La Nave estuvo en el sitio adecuado en el momento oportuno. Con ello no quiero decir que la casualidad o el destino lo hicieron todo. No quiero quitar mérito a los que formamos parte de La Nave porque nosotros hicimos lo que había que hacer y lo hicimos bien. Pero es verdad que se dieron una serie de circunstancias propicias y también que supimos verlas y aprovecharlas.

 

 

EL INICIO

En 2009 Paco Bascuñán y yo comisaríamos la exposición “Suma y Sigue del Disseny a la Comunitat Valenciana”, que tenía por objeto mostrar el diseño que se había hecho en los últimos 25 años. Desde 1985 en el que más o menos se habían creado el IMPIVA, la asociación de diseñadores ADCV y La Nave, hasta el mismo año 2009. En el catálogo de esa exposición Paco Bascuñán y yo proponíamos como fecha de inicio del diseño en Valencia la de 1967, año en el que se celebraron en el Colegio de Arquitectos de Valencia las “Conversaciones sobre diseño industrial”. Un acontecimiento de escasa trascendencia pública, pero que fue el primer evento sobre diseño que tuvo lugar en Valencia.

 

El latente interés que había por el diseño se centraba en el diseño industrial. Se hacía ya diseño gráfico, pero nadie hablaba entonces de él tal como lo entendemos ahora. Era una especialidad ligada sobre todo a la publicidad (de hecho la titulación que la Escuela de Artes y Oficios había creado en 1963 se llamaba Diseño Publicitario) o a la esporádica incursión de algunos artistas plásticos en el sector editorial o en el cartelismo. Y esa era la causa de la poca consistencia del diseño como actividad profesional. Como bien dice José F. Sánchez en el catálogo de esa exposición: “…estos primeros protagonistas a medida que vayan consolidando sus trayectorias artísticas o arquitectónicas irán abandonando sus actividades en torno al diseño.”

 

Valencia contaba entonces con magníficas tiendas que ofrecían objetos y muebles del mejor diseño internacional, como Martínez Medina, Martínez Peris, Adelantado, Wieden Simó o El Dragón, que luego sería Agua de Limón, y con una serie de arquitectos y artistas interesados en el diseño, no tanto como actividad profesional sino como fenómeno sociocultural ligado a la modernidad y al progreso y del que se hacían eco intelectuales influyentes en la época como Gillo Dorfles, Julio Carlo Argan o Reyner Banham.

 

Este interés queda demostrado por el mero hecho de que se organizara un congreso dedicado al diseño. Pero Alexandre Cirici en la revista Suma y Sigue hace una reseña del evento y cita a los principales asistentes: “un nutrido grupo de arquitectos, artistas y críticos valencianos, como Tomás Llorens, Juanjo Estellés, Emilio Giménez, Monjalés, Solbes y Valdés, Andreu Alfaro, Bayarri, Ana Peters, Salvador Pascual…un compacto grupo de diseñadores de Barcelona como Marquina, Moragas, Milá, Ricard, Blanc, Correa, Rafols Casamada y personalidades especialmente invitadas como el director de la Escuela de Ulm, Tomás Maldonado, o el arquitecto Alberto Sartoris.” Pero no cita a ningún profesional del diseño que ejerciera en Valencia. Ni en la organización, que corrió a cargo de los arquitectos Emilio Giménez y Juanjo Estellés, ni entre los asistentes.

 

Estamos a finales de los 60 y resulta evidente la inexistencia en Valencia de un colectivo de profesionales del diseño como tal. Aunque hay algunos, como Juan González en el sector del juguete o Peregrín Gurrea, que diseña componentes eléctricos y pequeño electrodoméstico en Laboratorios Radio y naturalmente en el sector del mueble, Gabriel Pons y algún otro, y de manera destacada José Martínez Medina, aunque sólo diseña para su propia empresa. Y hay también, como hemos visto, algunos arquitectos, interioristas, artistas e intelectuales interesados en esta joven disciplina.

 

De manera que podemos decir que en los años 60 aflora una inquietud por el diseño, pero sin la presencia, al menos destacada, de diseñadores profesionales independientes y menos aún de una mínima demanda por parte de la industria. En el año 67, el arquitecto Rafael Tamarit escribe en la revista Suma y Sigue sobre la situación del diseño en el País Valenciano: “El diseño industrial es prácticamente desconocido aquí como necesidad primera de una sólida industria. A excepción de los industriales valencianos que ”van a Milán” nadie ha querido oír razonamientos, sugerencias y proyectos sobre un posible movimiento del Diseño Industrial en Valencia. Desconocen por completo el asunto y, en consecuencia, no les interesa”.

 

 

 

LAS EMPRESAS VALENCIANAS

El tejido empresarial valenciano de estos años 60 y 70 estaba mayoritariamente compuesto por microempresas de carácter familiar en muchos casos, intensivas en mano de obra -lo cual las hace poco productivas pero capaces entonces de competir por precio- y centradas sobre todo en bienes de consumo: textil, calzado, azulejos, cerámica decorativa, alimentación, mueble, iluminación, juguete. Sectores para los que el diseño era y es una herramienta imprescindible para competir en mercados internacionales.

 

Hasta ese momento, y durante algunos años más, las industrias valencianas se defendieron a base de la reinterpretación de modelos clásicos, la compra de licencias extranjeras o la simple y pura copia, que desgraciadamente era el procedimiento habitual para ampliar o renovar la oferta de las industrias. El diseño les ofrecía la posibilidad de competir con un producto propio, diferente, más competitivo. Pero en aquel momento para la mayoría de las empresas la obsesión era producir, producir y producir. No importaba tanto qué y para quién. Es decir, no se daban las circunstancias propicias para que se interesaran seriamente por el diseño.

 

Tomás Llorens lo corrobora años más tarde en el catálogo de la exposición “Diseño industrial en España” celebrada en 1998 en el Reina Sofía, recordando aquellas “Conversaciones sobre Diseño Industrial” de 1967, cuyos objetivos de alentar el uso de diseño en las empresas no se cumplieron, y dice: “La industria valenciana no se animó a explorar el camino de la innovación y el diseño en los bienes de consumo, ni en ningún otro producto, y hubo que esperar casi dos décadas para que lo hiciera y pudiera empezar a hablarse de diseñadores industriales valencianos.”

 

 

 

LA GENERACIÓN DE LOS 70

Es en los años 70 cuando empieza a emerger una nueva generación cuyos integrantes, entre los que están algunos de los que luego serían componentes de La Nave, se comportan como auténticos profesionales del diseño, desvinculados de otros quehaceres. Ni arquitectos ni artistas: diseñadores. En 1972 se crea Caps i Mans, con Eduardo Albors, José Juan Belda, Carlos Albert y Jorge Luna; en el 74 Nuc, con Lola Castelló, Vicent Martínez, Daniel Nebot y Luis Adelantado. En el 75 vuelve de París, donde había estudiado y tenido sus inicios profesionales, Javier Bordils, que fue un personaje clave en esta segunda mitad de los 70. Abrió estudio en Valencia y colaboró muy activamente con el recién creado Departamento de Diseño Industrial del IPI, Instituto de Promoción Industrial de la Cámara de Comercio de Valencia, que organizó las “Jornadas de Diseño Industrial”, montó cursos y workshops y creó la publicación “Diseño Comunicación”, dirigida por Bordils, de la que editaron 24 números, de 1977 a 1983, en los que se hablaba de diseño a la vez que se promovía la creación de las Muestras de Diseño Industrial del País Valenciano.

 

Estas actividades ya contaron con la participación de la nueva generación de diseñadores valencianos, los de NBC, los de Caps i Mans y algunos otros como Juan Montesa, Juan Antonio Carrión y Francisco Segovia, y en sus páginas aparecieron las pocas empresas que empezaban a aventurarse por la senda del diseño. Entre ellas Cuquito, Industrias Saludes, Pam i Mig primero y Punt Mobles después, Férmax, Lamsar, Punto Rojo, Porcelanosa, Requeni, Féber, TRQ.

 

El IPI en esta época concentra prácticamente toda la actividad pública del diseño en Valencia y su boletín "Diseño Comunicación" promueve la idea de un diseño global, muy cercana a las tesis de la Escuela de Ulm en las que la función y la adecuación a los procesos de producción están por encima de los valores estéticos del producto.

 

En el editorial del nº1 hay una declaración de intenciones y de principios: “La vocación del IPI es promocionar la industria valenciana, fomentando la creatividad, ayudando a conseguir un diseño valenciano… El diseño deberá salir del ghetto artístico-cultural, dejar de ser un diseño de autor y convertirse en diseño de empresa... el diseñador-creador-genial es una aberración.”

 

En esos seis años de existencia del boletín la concepción del diseño que promueve responde a la más pura tradición racionalista. Los artículos de Bordils y de la mayoría de diseñadores que colaboraron en el boletín, además de atacar a las empresas que producen iluminación y mueble de un anacrónico y falso estilo clásico, tenían el espíritu del Movimiento Moderno, en el que la funcionalidad es prioritaria y la belleza de un objeto nace de la perfecta adecuación a su producción y a su uso. En estos años 70 la falsa antinomia entre función y estética estaba en efervescencia y los que se posicionaban como funcionalistas comenzaban a preocuparse por las “frivolidades” del naciente diseño posmoderno.

 

 

 

LOS 80. EL BOOM DEL DISEÑO.

Estando aún en Caps i Mans hicimos un viaje a la Bienal de Venecia 1980 en la que por primera vez se instituyó un sector dedicado a la arquitectura, dirigido por Paolo Portoghesi bajo el título “La presenza del passato”. Una de las manifestaciones fue la exposición la “Strada Novissima” ubicada en la Corderia dell’Arsenale en la que 20 arquitectos que comenzaban a moverse en el ámbito de la arquitectura posmoderna creaban y exponían cada uno una falsa fachada, dispuestas todas a ambos lados de una galería que medía 70 metros de longitud. Entre ellos Graves, Ghery, Venturi, Hollein, Koolhas, Moore, Stern, Isozaki, Tigerman y Bofill. Fue la presentación oficial de la arquitectura posmoderna. En la misma bienal pudimos ver la exposición “L’ogetto banale” de Mendini y el grupo Alchymia, con catálogo de Barbara Radice titulado “Elogio del Banale”; y Bonito Oliva comisarió “Aperto ‘80” donde presentaba a los jóvenes pintores de la transvanguardia: Clemente, Cucchi, De Maria, Paladino…

 

Este viaje, en el que hicimos una visita al estudio del equipo Alchimia, nos marcó y una de sus consecuencias fue la primera colección de muebles que diseñó José Juan Belda, “Hoc est simplicisimus”, para Martínez Medina. Otra, la más obvia, fue darnos cuenta y en consecuencia plantearnos que una nueva manera de entender y hacer las cosas estaba viniendo. No sólo desde Italia con Mendini y Alchymia, Sotsas y Memphis o desde Inglaterra con Brody o Ron Arad, sino que en Barcelona ya se veía este nuevo enfoque, con Peret, Sostres, Mariscal y otros más.

 

Entrábamos en los 80 y parecía que las cosas estaban cambiando. El año 85 la Generalitat encargó el “Informe 0 sobre la situación del diseño en la Comunitat Valenciana”, según el cual el 43% de las empresas lo consideraban como una disciplina de gran importancia para su desarrollo. (Cabría poner en duda la correcta comprensión de lo que es el diseño por parte de las empresas consultadas en la encuesta. Si lo que opinaron hubiera sido cierto, seguro que el desarrollo del diseño en nuestro país habría sido mucho más rápido). Pero, en cualquier caso, el resultado da una idea de que en los años 80 el diseño comenzaba a ser visualizado. Las empresas valencianas empezaban a tener un cierto interés por el diseño.

 

Y esto debido a varios factores. El primero es que la mayoría de ellas, como ya he dicho antes, pertenecían a sectores de bienes de consumo como el mueble, la iluminación y el juguete, para los que el diseño es de fácil implantación y donde son evidentes sus frutos, porque es una herramienta capaz de generar mediante procesos rápidos y no muy caros, productos innovadores y competitivos con valores estéticos acordes a lo que el mercado europeo, principal receptor de nuestras exportaciones, demandaba. El segundo factor es el innegable dinamismo y afán exportador de estas empresas, que hacía que estuvieran muy acostumbradas a asistir a ferias internacionales y a codearse con competidores extranjeros, sobre todo italianos y escandinavos, con una arraigada cultura de diseño, que sirvieron de ejemplo y de modelo. Y el tercero y último, el boom. El diseño se había convertido en un boom mediático que contribuía a darle visibilidad y a dotar de cierta pátina de calidad y modernidad a las empresas cuyos productos se publicaban en las revistas especializadas y en los suplementos de los periódicos.

 

A este respecto habría que añadir que este boom contribuyó también a sembrar no poca confusión sobre la verdadera identidad del diseño, aunque es innegable que sirvió para que la sociedad española y valenciana conociera la existencia de una profesión nueva y con el atractivo añadido de ser una actividad creativa. Fue en aquellos días cuando se hizo popular la pregunta ¿diseñas o trabajas? No fueron muchas las empresas que dieron el salto, pero fue sin duda el comienzo de un cambio de mentalidad generalizada, que en la Comunidad Valenciana debió gran parte de su éxito al trabajo de promoción y apoyo que brindó el IMPIVA a partir del año 85 dentro de su política de modernización de la industria valenciana.

 

 

 

CREACIÓN DE LA NAVE

Caps i Mans (Eduardo Albors, José Juan Belda, Luis Lavernia y Nacho Lavernia) y NBC (Daniel Nebot, Paco Bascuñán y Quique Company) nos conocimos por aquella época. Principios de los 80. Hubo una especie de flechazo. Compartíamos una visión común sobre el diseño y, lo que es tan importante o más, conectamos personalmente de inmediato. Lo que nos puso en contacto fue que competimos en un proyecto, la señalización de la Devesa de El Saler, concurso que ganó NBC. Más tarde la Feria de Valencia, a través de su director entonces José Mª del Rivero, nos dio la oportunidad de hacer conjuntamente el proyecto de cambio de su identidad corporativa y de la señalización de sus instalaciones, junto a Xavier Bordils, que se salió pronto del equipo y se hizo cargo del diseño de la señalización mientras Caps i Mans y NBC diseñaban la imagen gráfica. Nos sentíamos muy a gusto trabajando juntos y, de hecho, colaboramos parcialmente en algunos proyectos de uno u otro equipo. Lo mismo estábamos en un estudio que en otro y compartíamos abiertamente todo lo que estábamos haciendo.

 

Fue a la vuelta de un viaje a la feria de Milán cuando se nos ocurrió la idea de unirnos. El incipiente estado de las autonomías prometía ser un generador de nuevos proyectos y pensamos entonces que contar con un equipo grande y capaz podría ser conveniente, e incluso necesario para abordar proyectos de cierta complejidad, de modo que a la vuelta de Milán empezamos a poner manos a la obra. Éramos entonces 7 entre NBC y Caps i Mans y acabamos siendo 11 porque invitamos a Marisa Gallén, Sandra Figuerola y Luis González, que ya habían colaborado con Caps i Mans, a que se unieran al proyecto. Luego Carlos Bento, que ejercía como arquitecto en Madrid, se subió a bordo.

 

Encontramos un local, una nave industrial de más de 400 m2 , que entre otras cosas nos proporcionó nombre para el grupo, La Nave, y tras el verano de 1984 ya estábamos allí. La idea fue disolver los grupos anteriores y funcionar individualmente con el objetivo de crear equipos de trabajo flexibles, capaces de adecuarse a la complejidad y temática de cada proyecto. Nos dotamos de una personalidad jurídica nueva entonces, que fue una comunidad de bienes, y encontramos una secretaria, Luz Martí, para que pusiera algo de orden en el galimatías de facturas, recibos, proveedores, clientes… Y que fuera capaz de hacerlo, además, para 11 jefes distintos sin perder el norte. Como así fue. Hasta 1991 en que se disolvió el grupo.

 

Tal y como habíamos previsto, la creación del estado de las autonomías y la necesidad de modernización de la administraciones públicas supuso una eclosión de oportunidades de trabajo. No sólo para nosotros, sino para todos los diseñadores que había entonces en Valencia. Había que crear y dotar de imagen a nuevas instituciones políticas y sociales y modernizar a otras teñidas del halo casposo y gris de la dictadura, desprestigiadas absolutamente en Europa.

 

La Nave renovó las Identidades Corporativas de Generalitat Valenciana, EMT Valencia (con Pepe Gimeno), Instituto Nacional de Estadística (también con Gimeno), Sociedad General de Autores SGAE, Jardín Botánico de Valencia… y diseñó ex novo las de IMPIVA, CVT Consorci Valenciá de Transport, Parc Tecnològic, Institutos tecnológicos, IVV Institut Valenciá de la Vivenda, FGV Ferrocarrils de la Generalitat Valenciana, Centro de Artesanía, ITVA Instituto Turístico Valenciano junto a Pepe Gimeno…

 

Y trabajó mucho más de lo que habitualmente se piensa para el sector privado: ABC Electrónica, TRQ, TEMEL, Gandía Blasco, TOI, ACTV, Aumar, Industrias Saludes, Lamsar, Ronda Brasil, Tráfico de Modas, Gres de Valls, Mugarsi… Hasta que en los años finales llegaron los japoneses, a través de un agente ubicado en Tokyo que se dedicaba a poner en contacto a diseñadores europeos con empresas japonesas. Y se hicieron trabajos para Tombow, lápices y bolígrafos, Goldwin, bañadores de competición y Maruchu, sandalias de playa.

 

Creo que una de las características de La Nave fue traer a Valencia los aires nuevos que suponían una ruptura con el Movimiento Moderno. Enric Satué en su libro “El diseño gráfico en España” dice de La Nave: “…un equipo de jóvenes diseñadores que respondían al nombre colectivo y empresarial de La Nave… y que habían de hacerse justamente famosos cabalgando a caballo del posmodernismo galopante de los años 80.” La Nave lideró el paso de una concepción clásica, si es que se puede usar este término en el diseño, a otra nueva. Y lo cierto es que esta mentalidad posmoderna se adecuaba con mucha más perfección a la nueva realidad social y productiva en la que el valor comunicativo del objeto iba ganando terreno a los aspectos funcionales, entre otras cosas porque la tecnología empezaba a conseguir que la resolución de la función fuera casi inmaterial, con lo cual su incidencia en la estructura del objeto y, por lo tanto, en su forma es prácticamente nula; y en segundo lugar porque el mercado y su insaciable necesidad de novedad comenzaba a imponerse. Fue el paso intermedio entre el movimiento moderno y su lema “la forma sigue a la función” y la situación actual, en la que el lema podría cambiar por “la forma sigue al mercado”.

 

En La Nave esa pulsión posmoderna, de ruptura con las normas del Movimiento Moderno, de libertad creativa, aunque no es constante domina en muchos trabajos e impregna una manera de entender el diseño y la profesión. Se ve con especial claridad en el uso de las tipografías y en los textos que acompañan a algunos proyectos o artículos. José Miguel García Cortés nos invitó a exponer en el EAC, Espai d’Art Contemporani, en el Museo Benlliure y de hecho el texto publicado con motivo de esa exposición es un claro ejemplo y funcionó como manifiesto del grupo. Allí, con un inequívoco espíritu posmoderno decíamos: “Admiramos la precisión del políglota que conoce y mezcla distintos lenguajes para decir cosas nuevas o las de siempre de otra manera. Nos seduce más la ambigüedad inteligente que la fe ciega. No hacemos distinción entre styling o técnica, entre estética y función, entre moda o diseño, sólo entre buenos y malos resultados.”

 

 

 

CLAVES DEL ÉXITO

El éxito de La Nave fue más de prestigio y de aprendizaje personal de cada uno de nosotros que económico. Siempre pusimos la calidad de nuestro trabajo por encima o por delante del negocio. Este desprecio por el “business” explica que nunca consiguiéramos más que “ir tirando” y paradójicamente es, quizá, la primera de las posibles causas del éxito. Entre las cuales pueden estar estas otras:

 

LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA  En aquel momento la administración pública, tanto la estatal como la autonómica, tuvo un papel decisivo. En primer lugar como cliente de diseño, porque supo poner en manos de profesionales la imagen y las comunicaciones que generaba. Y en segundo lugar el IMPIVA, que en su afán por modernizar el tejido productivo valenciano puso en marcha un ambicioso programa para que las empresas contrataran servicios profesionales capaces de aportarles nuevas herramientas de gestión y de innovación: diseño, nuevas tecnologías, calidad, marketing… Y lo hizo con una sensibilidad poco común, con eficiencia y con una envidiable visión a largo plazo. Es muy instructivo, sobre todo en estos tiempos de avance del liberalismo económico, ver cómo una intervención inteligente por parte de los poderes públicos puede dinamizar a la sociedad y al mercado y obtener resultados muy positivos.

 

LA ÉPOCA · La ilusión y el entusiasmo de aquel momento histórico. El espíritu de cambio y de modernización de la época aportó una energía extra y una necesidad de riesgo que fue básica para generar ideas e innovación. Fue esa energía y ese afán innovador el motor de la famosa “movida”, que no fue exclusiva de Madrid sino que surgió también, con sus peculiaridades, tanto en Valencia como en Barcelona. Y de la que La Nave formó parte, como demuestra el reportaje que nos dedicó el programa de televisión Metrópolis, que fue uno de los escaparates de “la movida”.

 

EL ATRACTIVO DEL GRUPO · La estructura de La Nave fue también decisiva. Once diseñadores, una unión insólita en el panorama del diseño español, en un espacio que impresionaba por sus dimensiones y su singularidad. La propia organización y la inusual metodología del trabajo hacía que La Nave fuera una iniciativa que interesaba a otros profesionales y a medios especializados.

 

PUERTAS ABIERTAS · Una actitud de puertas abiertas a cualquiera que viniera por La Nave. Y vino mucha gente. De Barcelona, de Madrid y de toda Europa. Y televisiones, periódicos y revistas. Era inusual e interesaba. A unos por tantear de qué manera nos habíamos planteado la profesión, a otros por el valor mediático que tenía La Nave y a todos en general porque además de trabajar nos divertíamos y eso daba algo de envidia y despertaba mucha curiosidad. En el nº 5 de la revista Ardi, que nos dedicó un extenso dossier, Capella y Larrea lo expresan claramente: “Daban además la irritante sensación de divertirse trabajando. Y nos dieron envidia… Nos sedujo su singular organización como de misterio trinitario pero con 11 miembros. (…) Fue como revivir la descartada utopía del grupo, y sin renuncias. Fue recibir en la cara un viento fresco.”

 

LIBERTAD Y AUTOEXIGENCIA · La buena relación entre los miembros. Sin reglas, más allá de pagar los gastos generales. Sin jerarquías, pero con un control de todos sobre todos. De modo que la crítica sobre los trabajos era constante, rápida y a veces incluso cruel. Eso hizo que todos aprendiéramos de todos. Y logró también que entendiéramos que el rigor y la exigencia con el trabajo propio es independiente de la exigencia de los clientes, e innegociable.

 

VALENTÍA Y RIESGO · Quizá porque éramos muchos y siempre te sentías respaldado, quizá por la efervescencia del momento, y también por la exigencia de los propios compañeros, pero la realidad era que nos estimulaba el más difícil todavía y siempre buscábamos dar la vuelta a los proyectos, expresión que se hizo cotidiana entre nosotros y que nos dejó muchas noches y fines de semana trabajando.

 

IDENTIDAD PROPIA · Una altísima cultura de grupo, o de empresa, como se dice ahora. Todos sabíamos qué cosas eran propias de La Nave y cuáles no. Veíamos claramente una personalidad del grupo que estaba más allá de las individualidades. Todos teníamos un enorme y profundo orgullo de pertenencia. La Nave era como una gelatina que nos unía y nos identificaba. La consecuencia de esto es que, aunque había trabajos de once profesionales distintos, todos los proyectos tenían una marcada personalidad común. El estilo o la manera de hacer de La Nave, sin haber sido premeditado, se imponía sobre cada uno de sus miembros y dotaba al conjunto de una inesperada coherencia.

 

UTOPÍA · El componente utópico del proyecto, en palabras de Dani que Quim Larrea y Juli Capella hacen suyas en el tabloide que publicamos con motivo de la exposición en el EAC: “En realidad a todos nos gustaría abordar esa nave, unirnos a su tripulación y surcar todo tipo de mares. Porque da la impresión de que diversión y labor es todo uno. Porque siempre habíamos soñado con la utopía de viajar acompañados y solos a la vez”. De nuevo aparece la idea de utopía. Esa mezcla de anarquía y rigor, de diversión y trabajo, de individualidad y equipo, convertía a La Nave en el sueño de todo creativo.

 

TALENTO · Debo decirlo sin ningún tipo de reservas. En La Nave había mucho talento. Mucho, es la verdad. Y eso, desde luego, fue una clave fundamental de su éxito.

 

 

 

¿QUÉ REPRESENTÓ EL PROYECTO COLECTIVO LA NAVE…?

Es difícil concretar qué consecuencias tuvo La Nave a nivel general. En el desarrollo posterior de las trayectorias profesionales y vitales de cada uno de nosotros la huella que dejó La Nave es incuestionable. Es más difícil dilucidar qué ha supuesto para el colectivo de diseño valenciano, aunque me atrevo a hacer algunas hipótesis:

 

UN REFERENTE · La singularidad del proyecto, su tamaño y la suma total de obra realizada por los 11 en más o menos 6 años hacía inevitable que La Nave tuviera un peso grande para quienes se interesaban por el estado del diseño valenciano. Aunque había otros diseñadores excelentes y con prestigio nacional, La Nave parecía llenar la foto fija del diseño local. Y eso ha facilitado que con el tiempo se convirtiera en un referente.

 

UN MODELO · La Nave fue un espejo en el que se miraron muchos de los diseñadores de la época. Imágenes diseñadas para organismos públicos o para empresas privadas no sólo tuvieron gran trascendencia entre los profesionales del momento, sino que se han mantenido estables a lo largo de todos estos años, lo cual viene a ser un refrendo de su adecuación y durabilidad por encima de modas y tendencias. Estos trabajos avalaron la percepción posterior que ha habido de La Nave como un referente de calidad y de rigor profesional.

 

UN VIVERO · Por La Nave pasaron muchos estudiantes en prácticas, algunos de ellos holandeses, y colaboradores más o menos estables, como José Vicente Paredes, Belén Payá, Lina Vila, Lino García, Javier Gimeno o Fernando Amador que luego desarrollaron sus propias trayectorias profesionales. El paso por La Nave fue para esta extensa lista de “exnavieros”, según confesión propia, una experiencia inolvidable y decisiva en su formación y contribuyó a posicionar a La Nave como un vivero de buenos profesionales.

 

UNA ESCUELA · Tras la disolución de La Nave, la actividad docente que casi todos nosotros llevamos a cabo en el CEU, en la Universidad Politécnica o en la Escuela de Arte y Diseño, la antigua Artes y Oficios en la que algunos de nosotros habíamos cursado estudios, tuvo también una clara influencia en la difusión de un estilo y un modo de hacer que entre todos habíamos construido a lo largo de aquellos años de trabajo en común. Ayudó a consolidar en cierta manera un sello “La Nave”.

 

UN GRUPO UNIDO · La buena relación entre los once nos convirtió durante bastantes años posteriores a la disolución del grupo en una especie de cemento que aglutinaba y daba mayor unidad a todo el colectivo profesional de diseñadores valencianos, reunidos sobre todo alrededor de la asociación de diseñadores ADCV. Y termino con las palabras, otra vez de Capella y Larrea, en el catálogo de la exposición en el EAC: “De todas formas si alguien quiere aprender algo del mejor diseño nacional, de la banda más sugestiva y polivalente del momento que se pase por la dársena San Vicente, muelle 200, del puerto de Valencia, donde está anclada La Nave. Nos han dicho que al fondo, en el camarote de popa, siempre hay cervezas frías y algún desconsolado navegante peleándose con los planos.”

 

Gracias a todos

 

IMÁGENES: 

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