9. abr., 2014

REBOLLONES Y DYC

Rebollones y DYC

 

Texto: José Vicente Paredes

 

No era el más inteligente, ni el más listo, ni el mejor. Ni si quiera se si lo merecía, pero a mediados de los 80 pasó una de esas cosas que difícilmente puedes imaginar y el paso del tiempo se ha encargado de poner en su sitio.

 

 

 

 

Por entonces trabajaba de 12 a 14 horas diarias cobrando un sueldo que no me permitía irme de casa, para lo que tenía que aplicar una terapia de choque, que consistía en ir a jugar al futbolín día sí, día también. Aquello era como salir a estirar las piernas, de esto se acordarán bien Ferrán, Manolo o Paco.

  

 

 

Y entonces ocurrió. Sin “comerlo ni beberlo” me encontré en un espacio totalmente diferente a cualquier cosa que hubiera visto hasta entonces. Era como un enorme escenario (al lado de los quince m2 de donde venía), con gente moviéndose todo el día arriba y abajo, con Luz en la entrada, con un taller al fondo, estanterías de Mecalux y el suelo blanco.

 

 

 

Al principio pensaba - Dios, ¿qué hago yo aquí?, ¿de que va todo esto?, ¿estaré a la altura?, aquí no puedo esconderme - no sólo porque era un espacio diáfano-, sino porque allí parecía que a todos les habían dado cuerda. Espero - pensé - que mi capacidad de trabajo me salve los muebles. Así que me dije -  no será mucho peor que lo que tenía, ¡he de coger este toro por los cuernos!-.

 

  

 

Aquellos primeros pensamientos que no sabía muy bien como podrían acabar, se convirtieron en 5 años maravillosos, de los que uno se siente orgulloso, por haber estado allí y haber participado de todo aquello, en un tiempo de cambios y descubrimientos, un tiempo donde la palabra diseño no se utilizaba habitualmente. “Tiempos nuevos, tiempos salvajes”, como decían los Ilegales.

 

 

 

Allí aprendí a amar esta profesión. Allí supe que no hay un horario de trabajo y que no se puede tener una actitud funcionarial, vi que no hay vacaciones, qué tu cabeza no para de dar vueltas y de todo lo que miras, tocas, oyes, hueles o degustas siempre te haces preguntas. Allí la palabra diseño se escribía en caja alta y se discutía, se debatía, se consensuaba.

 

 

 

 

Allí aprendí del criterio y las genialidades de Nacho y Dani, vi la capacidad creativa de Paco, allí estaba Quique con su inconformismo e irreverencia y vi la frescura que respiraban Sandra y Marisa. Allí observe la capacidad de resolución de José Juan, allí vi la tranquilidad y saber hacer de Eduardo, la integridad de Carlos, allí aprendí como hacer negocios de Luis, me empapé de la actitud siempre positiva pero transgresora de Luisito, vi la paciencia de Luz y a gente que, desde dentro y desde fuera, aportaban cosas increíbles: gente como Belén, Lino, Fernando, Javier, Toni, Esperanza, Lina, Pepe, varios Juanes, etc.

 

 

 

 

 

Allí llegaba gente de Holanda, nos comprábamos ropa con garriris, se escuchaba a la Velvet Underground y a Cabaret Voltaire, allí se hablaba del arte de Matisse, Renau o Jean Arp, se leía a Tristán Tzara o Boris Vian, se estudiaba la personalidad de una tipografía antes de utilizarla.

 

 

 

Allí se creaban muebles futuristas, se maquetaba de forma creativa y el marketing no encorsetaba el diseño. A los clientes se les presentaba una sola opción y estaban encantados, allí había gente de día, gente de noche y se hicieron innombrables fiestas.

 

 

 

 

Allí se comía paella en la arena de la Malvarrosa, íbamos a ACTV, se diseñaron y construyeron edificios y espacios alucinantes y aprendí que el diseño hay que vivirlo. Allí se hicieron marcas y escudos que hoy nadie se atreve a tocar, se diseñaba en papel, plástico, hierro o madera y se investigaban nuevos materiales. Allí venían biólogos, había una escalera muy alta y no existían los fines de semana. Allí el diseño no estaba domesticado y cada día pasaban cosas sorprendentes, venían a hacernos fotos, había mucho tabaco, escuchábamos Tris Tras Tres y Rosa de sanatorio y se hacía una recolecta todos los días.

 

 

 

Allí se creó un espacio-tiempo increíble, supe lo que era una imagen corporativa, se hicieron lámparas maravillosas y sillas de tres patas. Allí pasaron muchas cosas… pero, de entre todas las cosas que allí pasaron, lo que nunca olvidaré, son aquellos suculentos rebollones a la plancha y aquel elixir llamado DYC de los que pude “comer” y “beber”.

 

IMÁGENES:  

https://www.facebook.com/carlos.bentocompany/media_set?set=a.840837715931400&type=1