15. mar., 2013

EL PANTEÓN DE AGRIPA

Si van a Roma y solo pueden ver una cosa,

visiten el panteón de Agripa

 

Fotografía de Chase Lindbergh

 

Ah, Roma.

 

La Ciudad Eterna. La ciudad del amor. La de las siete colinas y los dos equipos de fútbol. La de Nanni Moretti en una vespa y Roberto Benigni en un taxi, esquivando como pueden el diabólico tráfico. La ciudad de la basílica de San Pedro, la piazza di Spagna y la Boca de la Verdad donde Gregory Peck perdió una mano imaginaria estando de vacaciones. La de los restos del Coliseo, los restos de los Foros y los restos del Circo Máximo.

 

Nada nada, olviden eso. O bueno, no lo olviden, pero déjenlo para otra ocasión, que ahora los vuelos son low cost; si solo tienen tiempo y/o ganas de ver un monumento de Roma, visiten el mejor edificio de la Antigüedad: el Panteón de Agripa.

 

Verán que no he dicho que es el edificio más bonito, ni el más importante, ni el mejor conservado, ni el que tiene más valor arqueológico. He dicho que es el mejor.

 

¿Y por qué digo que es el mejor? En principio porque soy arquitecto y, por tanto, mi formación legitima mi opinión. Sin embargo, como está feo ejercer el argumento de autoridad, he decidido intentar explicarme; al fin y al cabo, no he dicho que sea el edificio mejor construido de Roma.

 

1. Porque es el edificio mejor construido de Roma

 

Al menos de la Roma clásica. Posiblemente también de la Roma moderna, pero eso es discutible y, de momento, indemostrable. Aun así, vamos a tratar de comprenderlo.

 

Cuando pensamos en edificios de la Antigüedad solemos imaginar grandes sillares, ciclópeas columnas de mármol, colosales pilares graníticos y, en general, piedra a tutiplén. Sin embargo, lo cierto es que la mayoría de las construcciones romanas se levantaban con ladrillo y con hormigón en masa. Esto es, similar al hormigón que conocen ustedes pero sin el armado interior de acero que le permite resistir a tracción.

 

Se levantó en el siglo II bajo el mandato de Adriano —posiblemente con el diseño de Apolodoro de Damasco— sobre los restos de un anterior templo construido 100 años antes por Marco Vipsanio Agripa, al que el propio emperador decidió conceder el crédito del edificio en la inscripción del pórtico: M·AGRIPPA·L·F·COS·TERTIVM·FECIT (Hecho por Marco Agrippa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez).

 

Es muy probable que el diseño de Agripa fuese muy distinto al que vemos ahora; lo que es seguro es que su construcción, de bloques de travertino y mármol, no fue igual de sólida. Por eso, Apolodoro decidió emplear un sistema más fiable y que ya era de uso común en su época.

 

Dos planos del edificio, uno de sección y otro de planta.

Dos planos del edificio, uno de sección y otro de planta.

 

Como vemos en los planos, el Panteón consta de una columnata de acceso —la pronaos—, un cuerpo intermedio de conexión y una gran nave circular. Como en otras edificaciones de la época (las Termas de Caracalla o la propia Villa Adriana), la nave se cubre con una cúpula semiesférica sobre un tambor cilíndrico. Lo que distingue al Panteón de estas construcciones coetáneas es que se trata del primer templo con dicha forma.

 

Y las dimensiones, claro. La rotonda tiene un diámetro de 43 metros y la altura libre del espacio es de otros 43 metros. Empleando el Sistema de Mediciones Internacional: cabe medio campo de fútbol en el suelo y otro medio campo de fútbol puesto de pie.

 

¿Y cómo es posible que un edificio de tan formidable tamaño haya sobrevivido casi 20 siglos sin apenas deterioro? Pues esencialmente por el material y el sistema constructivo.

 

El hormigón, al ser un material líquido, cuando fragua, convierte cualquier construcción en monolítica. Aunque lógicamente se fue vertiendo por tongadas, hace que el Panteón sea un edificio básicamente de una sola pieza. No hay juntas que puedan abrirse ni fragmentos que puedan desprenderse de la estructura; todo es uno. Esto convierte al Panteón en la edificación de hormigón en masa más grande del mundo.

 

Pero además, el edificio emplea un sistema muy eficaz para aligerar el peso. De entrada, la grava que se usa en el hormigón de la cúpula ya no es de travertino, como en los cimientos, sino de cascote volcánico, mucho más ligera. De igual manera, aparece toda una serie de elementos que contribuyen a disminuir y a reconducir los esfuerzos; desde los propios arcos de descarga, construidos de ladrillo y embebidos en el muro del tambor, hasta los propios huecos y nichos de la pared.

 

E incluso los casetones, esos vaciados cuadrados que vemos en el intradós de la bóveda y que creemos decorativos, en realidad tienen una función principalmente estructural: reducir la sección de la pared. Una sección que va menguando su espesor por sí misma a medida que asciende, desde los cinco metros de la base hasta apenas un metro en la cúspide, alrededor del hueco circular de nueve metros de diámetro que, sin cerrar, cierra el edificio.

 

El óculo. El que dijo Brunelleschi no entender por qué no se caía. Lo que no sabía el arquitecto renacentista es que precisamente es la existencia de ese hueco, que deja pasar la luz y la lluvia, la que evita el colapso del edificio. Si estuviese tapado, la cubierta entraría en tracción en la cúspide y el hormigón no está preparado para resistir ese tipo de esfuerzo. De hecho, es prácticamente seguro que el último anillo alrededor del óculo trabaja esencialmente a tracción, y es el monolitismo del edificio el que permite este esfuerzo contra natura.

 

Para que comprendan las dimensiones del óculo, piensen que la Casa Farnsworth cabría entera a través de él.

 

Bien, ya hemos visto que el edificio está muy bien construido y eso le ha permitido conservar un aspecto fenomenal pese a su antigüedad; pero no sé, las pirámides de Egipto también están muy bien para los años que tienen. Tampoco es que el Panteón anticipase conceptos arquitectónicos que no aparecerían hasta 15 siglos después.

 

2. Porque anticipa conceptos arquitectónicos que no aparecerían hasta 15 siglos después

 

Lo que pasa es que sí lo hace. E incluso algunos siglos más, pero nos vamos a concentrar en dos operaciones que en realidad son una y que se asocian principalmente con el Barroco: la concentración jerárquica y el efecto espacial de compresión-dilatación.

 

El Panteón es perfectamente consciente de lo que le interesa y lo que no, y enseña sin ningún rubor tanto lo uno como lo otro. Es decir, está claro que el edificio existe desde su interior y, salvo por la columnata de acceso, solo desde su interior. El exterior es una consecuencia, un resto de su deslumbrante interior.

 

 

Como cuando se busca pareja, lo importante
 es la belleza interior – Fotografía de Rennett Stowe.

Como cuando se busca pareja, lo importante es la belleza interior

 

Como podemos ver, el muro ha perdido la pared de ladrillo que encofraba el hormigón y servía de recubrimiento externo, pero al edificio le da igual. Es más, tal y como sucede en numerosas construcciones barrocas, esa jerarquía entre lo que importa y lo que no, genera una consciente concentración sobre las partes elegidas que, de esta manera, adquieren aún más valor. Un ejemplo muy similar sería el Real Hospicio de San Fernando en Madrid, donde Pedro de Ribera concentra toda su actuación en la puerta, siendo el resto del edificio enormemente austero. Claro que este edificio se levantó 1600 años después.

 

La sensación que se produce es la de un contraste de densidad significativa entre unas partes y otras de la edificación. Lo que nos lleva a la operación espacial barroca por excelencia: el efecto compresión-dilatación.

 

Esto solo puede apreciarse haciendo el recorrido desde la puerta hasta la nave, pero imaginen lo que significa pasar de un espacio de unos 15 metros de altura libre a uno de 43. No es que 15 metros sea precisamente comprimido —es la altura de un edificio de cinco plantas—, sino que es el contraste con la dimensión de la cúpula lo que produce esa impresión. Esta operación espacial sería empleada a menudo por Bernini y Borromini 15 siglos más tarde y, de alguna manera, se convertiría en recurso proyectual hasta la actualidad. Piensen por ejemplo en el edificio de la Biblioteca Pública de Estocolmo, construido por Erik Gunnar Asplund en 1928, y que guarda más de una similitud con el Panteón.

 

Biblioteca Pública de Estocolmo

Biblioteca Pública de Estocolmo – Fotografía de La Citta Vita.

 

De acuerdo, pues ya hemos visto que el edificio tiene una construcción muy sólida y muy eficaz; y también que es un adelantado a su tiempo en lo que a conceptos arquitectónicos se refiere. Pero para afirmar que es el mejor edificio de una ciudad como Roma, e incluso que es el mejor edificio de la Antigüedad, tiene que haber algo más; algo que se escape a lo puramente material. No obstante, no deja de ser un edificio; no sé yo dónde vamos a encontrar materiales de construcción que no sean corpóreos y tangibles.

 

3. Porque está construido con dos materiales incorpóreos, intangibles e inalterables

 

Cuando hayan cruzado la columnata y accedan a su interior lo entenderán de un solo golpe. Un golpe muy fuerte. Una bofetada propinada por Stendhal entre la parte trasera del cerebro y lo más profundo de sus tripas.

 

La luz.

 

Un pilar de luz. Un haz de fotones que levanta en arrancada un edificio de 100.000 toneladas y una civilización de 2000 años.

 

La caricia – Fotografía de Abir Anwar.

La caricia – Fotografía de Abir Anwar.

 

Y ahora fíjense un poco mejor, agudicen la mirada y aíslen a uno de esos fotones. Imaginen la suerte que ha tenido. Cuando nació en el Sol, fruto de una violenta reacción termonuclear, no sabía que lo había hecho en el momento justo y en el lugar preciso de su superficie. Piensen en su viaje de 150 millones de kilómetros que recorrió en ocho minutos; el momento en el que llegó a la estratosfera, habiendo dejado atrás la Estación Espacial Internacional y la aurora.

 

Cómo fue esquivando los cirros, los estratos, los cúmulos y los nimbos hasta llegar a la Tierra. En el sur de Europa; en el centro de Italia. En Roma.

 

Ahora ha cruzado por el óculo y se ha parado en uno de los casetones del intradós del Panteón. He decidido frenar; ya no quiere viajar a 300.000 kilómetros por segundo. Quiere acariciar el hormigón del interior de la cúpula y descender por él a 60 minutos por hora. Junto con las demás partículas que no chocaron con ninguna mota de polvo, ha formado una elipse fresca, liviana. Matutina.

 

Y ahora roza las hojas de acanto de una columna corintia para finalmente tocar el mármol del pavimento y poco después ser un círculo casi perfecto. Es mediodía.

 

Luego comenzará su ascenso por el otro lado del edificio. La elipse es ahora más dura, más sólida. Con el color del atardecer, camina hacia arriba hasta que al fin, en una mínima traza que era una media luna, y rodeado de penumbra, nuestro fotón se agarra al anillo traccionado del óculo para morir allí. Cae la noche.

 

Pero en el Panteón hay un material más. Uno que existe al otro lado de la luz. Algo que no se puede ver, pero que está. Un espacio inmutable que, vulnerando su propia definición, pervive independientemente del tiempo.

 

A mí me lo explicó una vez Alberto Campo Baeza. Contó que habían visto a Eduardo Chillida de pie, a unos cuatro metros del centro del Panteón, en silencio. Permaneció así durante unos minutos, levemente inclinado, en esos casi 90 grados que decía formaba el hombre con su sombra. Con los brazos extendidos, parecía abrazar un cilindro invisible. Decía que no sabía los demás, pero que él podía sentir el cambio de densidad; que estaba tocando, con la mejilla y con las yemas de los dedos, la columna que había en el centro. Una columna que llegaba hasta arriba; y luego más arriba, mucho más arriba; hasta después del cielo, hasta el confín de la galaxia.

 

Una columna hecha de espacio que nacía allí, a sus pies, y atravesaba el óculo del mejor edificio de Roma.

 

panteón de Agripa

 
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