22. jul., 2018

ANTONIO VÁZQUEZ DE CASTRO

 

Hijo de un artillero de la Armada al que la ley Azaña permitió pasar a la vida civil y al cabo a la Unión Española de Explosivos —interrumpiendo una saga familiar de destacados marinos de guerra— Antonio Vázquez de Castro fue el penúltimo de diez hermanos, y por lo tanto tan educado por estos como por sus padres. Párvulo en el Instituto Escuela de Arniches y Domínguez en vísperas de la Guerra Civil, de la que conserva vívidas memorias, y muy dotado para el dibujo, tras su educación secundaria en el Instituto Ramiro de Maeztu decidió cursar Arquitectura, como antes lo había hecho su hermano Luis.

 

La Escuela donde enseñaban Modesto López Otero o Pascual Bravo estaba entonces en horas bajas, pero el joven Antonio pudo beneficiarse de las excelentes clases de los matemáticos Barinaga o San Juan en los dos cursos preparatorios en la Facultad de Ciencias Exactas y la enseñanza inspiradora del escultor Ángel Ferrant en la Escuela de Artes y Oficios, que le puso en contacto con la vanguardia cosmopolita de las artes, haciéndole incluso dudar de si su verdadera vocación no habría de hallarse en ellas.

 

Vázquez de Castro se titularía finalmente como el Wunderkind de su generación de arquitectos, y en 1957 recibe un encargo que habría de marcar su carrera, el Poblado Dirigido de Caño Roto, uno de los muchos promovidos en Madrid para absorber la inmigración rural. Ingresado en la Escuela junto a José Luis Íñiguez de Onzoño, que sería su socio durante casi todo su trayecto profesional, Vázquez de Castro aborda con él un empeño arquitectónico de extraordinaria dificultad y admirable resultado. 

 

Porque el proyecto debía hacer posible la ‘aportación personal’ en forma de trabajo de los chabolistas que ocuparían las viviendas, y el tapiz de casas con patio diseñado por los arquitectos no sólo permitía esta participación popular en la construcción sino que ofrecía un tejido residencial compacto de alta densidad y baja altura mucho más eficaz que la habitual combinación de hileras, torres y bloques, un mat building neorrealista que los abstractos parques de juegos infantiles diseñados por Ferrant y las elocuentes fotografías de Kindel ayudarían a convertir en un ejemplo ampliamente difundido fuera de España.

 

Una ‘Alhambra de suburbio’ con sus patios dotados de sauce y fuente que el propio Antonio habitó durante los primeros años de su matrimonio. Caño Roto se terminaría en 1961, pero el arquitecto volvería al poblado en 1966 para construir, de nuevo con Íñiguez, un grupo escolar dimensionado para la fértil natalidad de entonces y que la inversión de la pirámide demográfica ha transformado hoy en sede administrativa de la Comunidad, mostrando la versatilidad de sus formas compactas, alejadas ya entonces de un funcionalismo estricto que hubiera hecho imposible el cambio de uso.

 

Al mismo tiempo que regresaba a Caño Roto para construir una escuela, el arquitecto volvió al instituto donde había cursado el bachillerato —culminado con premio extraordinario en el Examen del Estado— para levantar un polideportivo vinculado a la práctica del entonces poco popular baloncesto, que el director Magariños había introducido con el éxito que el equipo Estudiantes todavía atestigua, y la obra se resolvió con el rigor constructivo y la austeridad cerámica aprendidos en las modestas obras suburbiales, enriquecidos por el conocimiento directo de la cultura del ladrillo adquirido en viajes a Holanda e Inglaterra.

 

Esa recuperación de la construcción cerámica como soporte de una modernidad eficaz y sobria —que ya había caracterizado el racionalismo madrileño de la generación del 25, y que algunos catalanes mostraban también por entonces en el foro de encuentro de los Pequeños Congresos— sirvió a Vázquez de Castro para construir edificios de viviendas en la calle Ayala o en la calle Cáñamo donde el seco realismo se templaba con detalles neomudéjares que entraban en diálogo con la rica tradición ornamental de la arquitectura de fines del siglo xix.

 

En las postrimerías del franquismo y la etapa de la Transición, Vázquez de Castro asumió responsabilidades académicas, profesionales y políticas que le obligaron a hacer un paréntesis en su trabajo de arquitecto. La obtención de una cátedra de Proyectos en la ETSAM en 1973 y su elección como decano del COAM en 1975 eran aún compatibles con la actividad profesional.

 

Pero su nombramiento en 1982 como Director General de Arquitectura por el gobierno de Felipe González marcó una inevitable pausa en sus proyectos, que antes y después de su cargo en la administración se centraron en la vivienda y en la manzana como forma urbana, en sintonía con una cierta sensibilidad postmoderna de recuperación de tipos edilicios tradicionales. Así ocurre en la manzana de la Fosforera de Carabanchel, con agrupaciones en T y todavía ecos mudéjares; así también en la de Las Moreras en Córdoba, con soluciones en H condicionadas por la ordenanza; y así por último en la de Baracaldo, que se adapta con habilidad a la difícil parcela de borde.

 

El annus mirabilis de 1992 lo fue también para muchos arquitectos, y Vázquez de Castro tuvo la fortuna de intervenir en algunas obras singulares. En Sevilla realizó con Ricardo Aroca el edificio EXPO, un gran pabellón permanente en la Isla de la Cartuja que proyectó con una innovadora cubierta de tensegrity con palmeras metálicas retráctiles, pero que acabó rematándose con una convencional pirámide truncada de barras de acero para sujeción de los toldos sobre el patio interior; y en Madrid continuó la rehabilitación del antiguo hospital de Atocha —que había iniciado Antonio Fernández Alba— para albergar el Centro de Arte Reina Sofía, rescatando la belleza de las bóvedas de Sabatini y añadiendo unas torres de vidrio con ascensores panorámicos en las que colaboró el británico Ian Ritchie.

 

Obras ambas importantes, pero lejos de la escala titánica de la Universidad Islámica de Riad, donde el arquitecto se esforzó en disponer los 8 millones de metros cuadrados de construcción en una trama compacta que evitara los problemas climáticos que en esa ubicación habría creado el convencional esquema de campus americano.

 

La voluntad innovadora de su carrera, se manifestó tempranamente con el Tabibloc, un sistema constructivo desarrollado en 1970 con el que fue seleccionado en el mítico concurso Previ de viviendas autoconstruidas en Lima, y con el que también levantaría viviendas sociales en Ceuta, apartamentos turísticos en la costa malagueña y residencias burguesas en el barrio madrileño de Aravaca.

Este afán innovador se extiende hasta el proyecto que ha ocupado la última etapa de su vida profesional, una ciudad lineal denominada Al-Korim que recorre la franja costera del sur del Mediterráneo como un recurso de alojamiento y desarrollo económico que permita contener los flujos migratorios, una propuesta visionaria que enlaza su trayecto vital con aquel Caño Roto levantado para absorber la marea demográfica de la inmigración rural. 

 

Álbum de fotos: 

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Fuente: Luis Fernández-Galiano  Fundacion.arquia.es/FileHandler/documentales/