1. jul., 2018

ELSA VON FREYTAG-LORINGHOVEN

Para ser puramente dadaísta era necesario tener una extrema ansiedad por escapar de la ortodoxia del mundo. No por un sentimiento trágico de la vida, sino por una necesidad lúdica. La baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven alcanzó ese punto de ebullición en el que sólo es posible vivir desde una libertad sin vigía, fuera de cualquier magistratura que no aliente lo inaudito, el disparate, el exceso y la fraternidad de la diferencia.

 

Marcel Duchamp escribió una sola frase sobre ella, pero cifró con ocho palabras el alcance y el espíritu de esta dama fulminante: "La baronesa no es futurista: es el futuro". Elsa era la mujer de más bello vivir que había encontrado. Fue poeta, pintora, performer, cometa, explosiva, secreta, ruidosa. Una alemana de 1874 nacida en el centro de una familia adinerada, con una madre pianista y bajo el yugo de un padre con modales de mula. Aquel salvaje de cinto suelto, prohombre de la violencia como analgésico y como disciplina, chocó pronto con el ánimo volatinero de Elsa, Elsa Plötz por entonces.

 

La energía nuclear de la muchacha no asumía más autoridad que la de una imaginación desbordada dispuesta a saltar por encima de cualquier imposición. Al morir la madre, el frágil mundo de la casa se vino abajo y Elsa decidió no encajar un puntapié más del padre, así que escapó a Berlín asilada en casa de una de sus tías. Meses antes su madre había dicho: "He malcriado a Elsa a propósito, para que siempre sepa a qué tiene derecho". A los 19 años descubre la noche y su peligro hermoso, busca oficio en un 'cabaret' donde es contratada para hacer de estatua griega, posa para artistas del lugar y ejerce la prostitución con soberana libertad. A los 22 años ha leído a San Agustín, a Novalis, a Goethe, a Flaubert o a Hölderlin y ya acumula un bello expediente de gonorrea y sífilis que le tratan con mercurio. Lo que a cualquier humano devastaría por dentro, a Elsa le da una pátina de vida extra, haciendo de sus quebrantos, enfermedades divinas.

 

Pronto se hace sitio en los cafés de Berlín y de Múnich por su inesperada novedad. Viaja a Italia, donde entiende que el tiempo maulló como una gata triste, y al regresar a Berlín regresa a su ministerio de depravación, a los 'cabarets', a la madrugada y al escándalo. Es evidentemente feliz. En una de esas expediciones de noche conoce al arquitecto modernista August Endell, primer marido, que la inicia en la pintura. Elsa ya lleva dentro la molécula invasiva del arte. Los años de cabaretera le han dado la dulce depravación que necesita para asumir el arte sin dios ni amo. Trabaja a deshoras y vive a destiempo. A los 30 años se divorcia de Endell para casarse con el escritor Felix Paul Greve (oculto bajo mil seudónimos), al que inspira varias novelas antes de empujarlo a la literatura erótica con una serie de cartas que él utilizó como si fuesen su propia escritura. El matrimonio se deshace sin trauma y Elsa embarca hacia EEUU en 1910. En Kentucky escribe sus primeros poemas fonéticos y entonces, ya sí, se desata la fiesta. Sólo le falta un ingrediente, que llegará en 1913: el barón Leopold von Freytag-Loringhoven.

 

Elsa tiene 39 años cuando lo asume como tercer esposo. Ambos viven en Nueva York. Está entregada al movimiento Dadá y se exhibe con una embriaguez de vanguardia por las calles y tugurios del Greenwich Village. Todo en ella tiene algo de acontecimiento. Es puramente dadaísta y la única artista que vive asumiendo el programa loquísimo del movimiento. Man Ray y Duchamp se le entregan como cómplices. Uno desde la sobriedad, el otro compartiendo una fascinación común por el sexo explícito. Los tres establecen una jurisdicción artística que sangra talento. Con sus disfraces cubistas, Elsa von Freytag usa su cuerpo como superficie artística y su sexualidad como arma revolucionaria.

 

En 1920 es la más radical de las artistas. Entiende antes que nadie la fuerza de los objetos. Ella misma delira hasta convertirse en pieza, en creación, en artefacto. Es un 'ready made' de antes de los 'ready made'. Se pasa cualquier traba moral por el arco del triunfo de su sexo. Y cuentan que el mítico urinario de Duchamp, titulado 'Fontaine', fue en verdad un regalo de Elsa, de cuando eran vecinos en el Lincoln Arcade Building de Nueva York. Es más, el pseudónimo femenino Rose Sélavy también le debe contorno y esencia a la baronesa. Su fuerte personalidad lo está invadiendo todo. Su fuerza, inteligencia, sensibilidad y sensualidad es arrojada como un desacato al hombre civilizado. Elsa está alcanzando lo más que se podía adquirir en un mundo macho: un nombre propio y autónomo en el epicentro de una vanguardia que entendía a la mujer como un complemento. Realizó la primera escultura dadá estadounidense en 1917, un trozo de tubería encontrado en la calle que puso en pie sobre un pedestal de madera. La tituló 'God'. Era consciente de que cada habladuría de portera sobre sus acciones es la forma de hacerse sitio.

 

Tan sólo es una mujer libre que es detenida cada poco tiempo por algunas de sus actuaciones callejeras. Una pionera. Un prototipo predaliniano. Provoca uno de sus mayores escándalos impulsando la filmación estereoscópica del rasurado de su pubis, en colaboración con Man Ray y Duchamp. Se pasea desnuda por las calles de Nueva York con dos latas de tomate vacías en los senos y un par de cucharillas de café como pendientes. Antes se había rapado la cabeza para pintarse el cráneo de rojo. Y antes aún se pasea por los salones de la burguesía con los labios pintados de negro y desnudándose en cualquier momento, igual en una casa muy concurrida que en la redacción de 'The Little Review', donde colaboraban también Mina Loy, Djuna Barnes y Gertrude Stein. Su presencia recuerda a nubes oscuras que avasallan el horizonte.

 

En París aterriza el eco de las acciones de la baronesa. Pero ella empieza a cantar su soledad cada vez más sola con el ovillo de sus ideas. En 1923 rompe con todo y con todos. Viaja de nuevo a Berlín y allí, en el 26, solicita un visado para viajar a París. La embajada francesa le deniega sucesivamente la petición y ella, más Elsa que nunca, se presenta en la oficina de extranjeros con un pastel a modo de sombrero para pedir una vez más el permiso de salida. Está cada vez más cansada. El surrealismo aclama a sus viejos compañeros de aventuras neoyorquinas, pero ella es apartada de esa pequeña gloria. Las acciones pioneras de la baronesa ya no teclean la historia con impaciencia. Ella, que rompió el frenillo a una forma de entender el arte, estaba apartada mientras los demás celebraban el mareo ante lo nuevo.

 

Hay que tener un pudor muy precario y un genio muy vivo para romper las costuras de un tiempo viejo. Llegar a ser ella misma fue su mejor conquista. Cada día era más importante su rango en la vanguardia y a cada hora le hurtaban la delicada cortesía de reconocerlo. Este agravio fue activando su depresión. La habían convertido en la mascota desechable que entra y sale por la puerta de servicio para entretener un momento a los hombres de su mismo linaje. Mereció mejor sitio. Mereció la recompensa que sola había conquistado para los otros. Aquella mujer extra sutil que se echaba por encima kilos de libertad fue al final confinada en la decadencia del silencio. Incluso enclavijada a algo peor: el corcho de ese exotismo mal entendido que acaba por degradarlo todo a hueca excentricidad cuando no a compasión de putita. Todo esto lo escribe bien 'René Steinke' en la biografía titulada 'La baronesa del Greenwich Village'.

 

El abandono y el olvido, pero principalmente la soledad de quien hizo de su vida un baúl lleno de gente propiciaron que adelantara la despedida. Su última acción transgresora fue prender el gas estando ella dentro de su departamento de París, el 14 de diciembre de 1927. Abrazó a su perro 'Pinky' y dejó que el metano se alojase en los pulmones de los dos. Murió sola, sin reconocimientos, sin dejar notas, sin últimas voluntades, silenciosamente.. Murió como había prometido. Cumpliendo, eso sí, aquella sentencia que asumió de joven, haciendo de esa certeza vida y labor propias: "No soy de nadie".

 

Álbum de Fotos:

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Fuente: Antonio Lucas.    http://www.elmundo.es/cultura/2015/04/26