13. abr., 2015

FRANCISCO JAVIER SÁENZ DE OIZA

Paco Sáenz de Oiza era un gran arquitecto y un extraordinario polemista que te removía por dentro con su discurso, donde la arquitectura era una pequeña parte de un mundo abigarrado y contradictorio. No era un profesor al uso. Te volvía un poco del revés, te complicaba, pero te matabas por asistir a sus clases.  En 1973 fué el presidente del Tribunal del PFC, que me aprobó y me hizo arquitecto. Veinte años después fuí a verle a su estudio en General Arrando y volvió a deslumbrarme con su ingenio  y su verbo arrollador. Era único.

 

Francisco Javier Sáenz de Oiza nació en 1918 en Caseda (Navarra) en la casa de sus abuelos, en donde su madre se refugió huyendo de la gripe que asoló España ese año.  Cursó estudios secundarios en Sevilla y Madrid; entre 1934 y 1936 realizó los dos cursos necesarios de ciencias exactas para poder entrar en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. En 1946 se graduó con un brillante expediente académico que le valió el Premio Aníbal Álvarez, y al año siguiente viajó a Estados Unidos gracias a la beca Conde de Cartagena, otorgada por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En ese país profundizó en el estilo de la gran arquitectura urbana moderna.

 

A su regreso a Madrid en 1949 se incorporó como docente a la Escuela de Arquitectura de Madrid, primero como profesor de salubridad e higiene de la edificación (hasta 1952) y posteriormente como responsable del ámbito de Proyectos Arquitectónicos, del que llegó a ostentar la cátedra desde 1968 hasta 1983, año de su jubilación. De 1981 a 1983, además, ocupó el cargo de director de la propia escuela.

 

Durante toda su vida profesional compaginó la actividad docente con el trabajo en su estudio madrileño, al que en los últimos años de su vida se incorporaron algunos de sus hijos, cuatro de los cuales fueron también arquitectos. En 1989 recibió la medalla de oro del Consejo Superior de Arquitectos. El reconocimiento a su dilatada trayectoria arquitectónica tendría su punto culminante en 1993, con la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Artes.

 

En 1953 concibió, con Luis Laorga, la nueva basílica de Nuestra Señora de Aránzazu (Guipúzcoa), en la que se observa un distanciamiento del continuismo historicista propugnado en las aulas. Laorga y Sáenz de Oiza quisieron romper el aislamiento artístico y cultural del país acudiendo al magisterio del arquitecto alemán Dominikus Bohm y sus antiacadémicas y expresionistas concepciones sobre la arquitectura religiosa, en las cuales se inspiraron, al menos parcialmente. Sáenz de Oiza recurrió a una arquitectura más espacial, construyendo un volumen con el que intentaba asimilar el modelo arquitectónico de Mies van der Rohe e integrando líneas contemporáneas y materiales modernos (acero, hormigón) con elementos tradicionales (planta en cruz, campanario, capillas). El proyecto obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura de 1954; durante su construcción, Sáenz de Oiza conoció al escultor Jorge Oteiza, lo que dió inicio a una amistad que se revelaría fecunda.

 

La frialdad compositiva y la voluntad de alcanzar la lógica pura, casi matemática, exenta de un emocionalismo inmediato, quedaron perfectamente reflejadas en el proyecto de Sáenz de Oiza para la delegación de Hacienda de Donostia-San Sebastián (Guipúzcoa), que obtuvo el primer premio del concurso público en 1957. Entre 1954 y 1962 colaboró con el equipo de Romaní en la construcción de viviendas sociales en distintas zonas de Madrid, como Fuencarral (1955), Entrevías, Calero y Batán. En el barrio de Entrevías (1956) recurrió a los trabajos del arquitecto holandés J. J. P. Oud, miembro de De Stijl, para superarse en su radicalidad constructiva, llevando el funcionalismo y la pureza de la plasticidad organicista a unos límites un tanto forzados.

 

El diseño de viviendas de promoción oficial dio a Sáenz de Oiza una extraordinaria relevancia profesional al proponer un nuevo modelo arquitectónico para los barrios periféricos de las grandes ciudades. Sin duda, una de las construcciones más imponentes de Sáenz de Oiza fue el edificio Torres Blancas de Madrid, erigido entre 1962 y 1967. Construido en hormigón visto, de altura considerable (21 pisos) y formas circulares, está considerado una de las más destacadas creaciones del organicismo. En el diseño de estas viviendas colaboraron sus ayudantes Rafael Moneo y Juan Daniel Fullaondo, auténticos instigadores del acercamiento a la innovación formal que emprendió Sáenz de Oiza.

 

Otra de sus obras más destacadas es la sede del Banco de Bilbao en Madrid. Esta soberbia torre de vidrio y acero fue producto de un relevante concurso privado y, aunque se proyectó entre 1969 y 1971, tuvo una ejecución muy tardía, pues no se finalizó hasta 1981. En torno a una estructura central se integran los sucesivos pisos de la torre en bandejas de diversas alturas, en una discontinuidad organicista que contrasta con una aparente simplicidad racionalista.

 

En 1986 Sáenz de Oiza realizó de nuevo un proyecto para la construcción de un edificio de viviendas sociales: un bloque de ladrillo llamado El Ruedo, que se curva sobre sí mismo cerrándose a la ruidosa autopista madrileña M-30 y abriéndose a un jardín interior. El polémico diseño de este inmueble, arriesgado y moderno, le reportó en 1991 el Premio de Arquitectura y Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid. Quedaba lejos el arquitecto de los “poblados dirigidos” realizados durante el franquismo y se abría paso un miembro destacado de las escuelas florecientes de arquitectura que estaban remodelando las afueras de Madrid y Barcelona.

 

Defensor de una arquitectura social y anónima, Francisco Javier Sáenz de Oiza representó para la arquitectura española el riesgo artístico permanente, la heterogeneidad y la modernidad por encima de cualquier otra consideración. Esta exigencia, en ocasiones denostada por incoherente e incluso por frívola en sus resultados, es constatable durante toda su carrera hasta llegar a sus últimos trabajos: el Museo Contemporáneo de Las Palmas de Gran Canaria (1989), la Facultad de Ciencias de la Universidad de Córdoba, el Auditorio de los Festivales y la Música de Santander (1985-1991), la Universidad Pública de Granada, los pabellones del Recinto Ferial Juan Carlos I de Madrid (1991), el edificio de la Escuela de Administración Pública de Mérida (Badajoz), el Centro Cultural de Villaviciosa de Odón (Madrid), el edificio para las Consejerías de la Junta de Andalucía (1988-1993) en Sevilla y la Torre de Triana (1992), también en la capital andaluza. Con Jorge Oteiza y Rafael Moneo proyectó el Museo Metropolitano de Bilbao, y se encargó de la labor de conservación de la catedral de León (1981-1982).

 

En su estudio de Madrid, una réplica sin alas de la Victoria de Samotracia en escayola convive con las mesas repletas de planos, las maquetas de sus edificios principales y jóvenes arquitectos trabajando, varios de ellos hijos suyos. Sáenz de Oiza, de 74 años, acostumbrado a sorprender a generaciones de alumnos de la Escuela de Arquitectura de Madrid con unas salidas verbales ciclópeas y escultóricas como sus obras, se sentó ayer en una banqueta y contestó a los periodistas desde sus irónicos ojos claros. "No tengo condiciones para este premio ( El Príncipe de Asturias) porque soy muy mal arquitecto", dijo, "en lo íntimo me siento malo, ¡no sabe cuánto me cuesta hacer las cosas!".

 

Con la paradoja como declaración de principios, respondió sobre cuál es su construcción favorita: "La que no he hecho, que es la que menos daña; todo lo demás molesta, lo vivo siempre molesta". Sáenz de Oiza es sabio viejo en polémicas, y cuando alguien llama "colmena" a su edificio de la M-30 y le dice que choca con su defensa de las arquitecturas populares, las villas antiguas y la pasión por esas calles y esas casas, responde: "De lo que he hecho, no es de lo peor. El vivir en colmena es malo; el vivir en comunidad no". Y Sáenz de Oiza defiende su edificio como espacio para la comunidad, porque cree que el principal problema de El Ruedo no es arquitectónico sino social (se construyó para realojar a unas 400 familias del poblado chabolista del Pozo del Huevo, en Vallecas). "Una población heterogénea viviendo ' en esas casas sería emocionante dice, "pero en el momento en el que se lleva a marginados a un bloque se crea un problema social de primera magnitud". A Sáenz de Oiza no le gustan los términos viviendas sociales o ciudad de los periodistas, "porque la ciudad debe ser heterogénea, debe ser de todos".

 

Como le conmueven las críticas a sus obras, las malas y las buenas, se pone a contar lo que dijo un albañil que trabajaba en la construcción del imponente edificio de Torres Blancas: "Lo malo es que esto no hay quien lo tire", exclamó. "¡Es hermoso!" dice Sáenz de Oiza, "esa crítica del albañil me parece tan emocionante como una pareja de novios a la que vi dibujando en la tierra la forma del edificio o aquella noticia de una inglesa que fue atropellada, aunque no le pasó nada, por quedarse mirándolo".

 

Pero Sáenz de Oiza desconfía, en su pirotécnica locuacidad, tanto de las alabanzas como de los denuestos. Y para demostrarlo, responde sobre su edificio más admirado, el del Banco de Bilbao en Madrid: "Es una obra que está bien firmada, porque firmé a la altura del pis de los perros".

 

Meses antes de morir finalizó en su estudio su proyecto para el museo del escultor Jorge Oteiza. Falleció en Madrid el 18 de julio del año 2000. 

 

 

Fuentes:  -  Biografías y Vidas

                  -  Andrés Fernández Rubio / Javier Cuartas. "EL PAIS"  8 MAY 1993

 

IMÁGENES:

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ENLACE:  https://rarquitectura.wordpress.com/2013/10/04/oiza-usted-bebe-leche-de-vaca/