22. mar., 2015

FERNANDO HIGUERAS

Con Fernando Higueras coincidí en el año 2003 en unas jornadas de presentación de los proyectos para la candidatura olímpica de Madrid 2012.

Estaba mayor pero mantenía el carácter extrovertido y expontáneo que le cacterizaba y la verdad fue un placer compartir con él comentarios en un foro donde predominaban las figuras jóvenes del momento, ante un público de estudiantes de una Escuela de Arquitectura privada de Madrid.

 

 

 

Fernando de Higueras Díaz nació en Madrid en 1930 y se tituló como arquitecto en 1959, dentro de una promoción caracterizada por su distanciamiento del racionalismo y su aproximación a las corrientes organicistas, que tenían como referencia la obra de Frank Lloyd Wright.

 

 

 

En 1969  adquirió gran fama internacional con su proyecto del edificio polivalente de Montecarlo, y ha sido uno de los más principales e influyentes arquitectos de la modernidad española.

 

 

 

Gran aficionado a la música, a la pintura y a la fotografía, disciplinas artísticas en las que también ha sido premiada su valía, la originalidad y potencia creadora de Higueras representa, dentro del panorama arquitectónico español, una de las más singulares conjunciones de rigor constructivo con la adaptación al medio físico y natural y del entendimiento de la arquitectura popular desde planteamientos contemporáneos.

 

 

 

 

Recojo ahora el artículo de Iñaki Ábalos: "Fernando Higueras, infinito"  publicado en El País tras su fallecimiento en enero del 2008

 

A Higueras -con quien tuve la suerte de trabajar cuando era estudiante- le gustaba recordar una anécdota de los primeros años de estudiante, cuando el examen de ingreso retrasaba las biografías profesionales varios lustros. Saliendo del examen de cálculo, consistente en resolver un solo y difícil problema, Fernando le pregunta a su amigo Luis Peña Ganchegui: ¿a ti cuánto te ha dado? Peña le responde: "A mí, cero". "Pues a mí, infinito", le dice Fernando. Luis se queda pensativo y tras unos segundos le dice con acento de casero del Goierri: "¿Tanto, eh?".

 

 

Infinito era lo que le daba todo en la vida a Fernando Higueras, generoso autor de obras infinitas que salió al mundo profesional el año 1959 con el que considero el proyecto más brillante de la arquitectura española moderna, la Residencia de Artistas en el Monte de El Pardo, consiguiendo con él y de forma fulminante el accésit del Premio Nacional de Arquitectura (sin haber construido antes nada). Un proyecto más vivo hoy que entonces, fechado en 1959, con una geometría y una concepción espacial más probable en 2000 y de la mano de algún cybergurú americano que de un bisoño autor madrileño en el castizo y franquista Madrid de los sesenta. Sólo por este proyecto Higueras habría quedado en la memoria de los arquitectos por mucho tiempo.

 

 

Pero no se quedó ahí: al año siguiente, colaborando nada menos que con Rafael Moneo, entonces también bisoño, ganó el Premio Nacional de Arquitectura con el germen de lo que luego sería el Centro de Restauraciones en la Ciudad Universitaria de Madrid, primer ensayo de uno de sus leitmotivs, el edificio circular (ahora que la Ciudad de la Justicia va a inaugurar 18 edificios circulares en Madrid, más de uno redescubrirá la maestría de aquella obra...).

 

 

La figura circular con patio central le condujo a familiarizarse pronto con el hormigón, material más manejable que el acero para estas geometrías. Descubriría no sólo su plasticidad sino que -frente a la tendencia dominante del momento, que ensalzaba las cualidades estructurales del hormigón (Nervi, Torroja)- la unión de circunferencias y hormigón despertó en Fernando Higueras un interés entonces inédito por la historia, en especial por las construcciones estereotómicas de las canterías góticas y renacentistas, de cúpulas, tolos, girolas y demás ejemplos desarrollados en el Siglo de Oro por las "águilas" de la arquitectura española, y que él reinterpretó combinando triángulos y rectángulos, realizados los primeros in situ y los segundos con tableros pretensados con la ayuda de José Antonio Fernández Ordóñez, amigo e ingeniero de valía.

 

 

Sus techos tenderían siempre a exhibir su condición tectónica con gran poder evocativo de las viguerías de las construcciones tradicionales, una síntesis de tecnología contemporánea y lecciones plásticas de la historia que emocionaba a Fernando y con la que firmó otros dos proyectos magníficos desgraciadamente frustrados, el pabellón para la Feria de Nueva York y el proyecto de Montecarlo.

 

 

De nuevo encontramos necesario buscar la fecha de su autoría (1963) al contemplar la maqueta del Pabellón de España para la Feria de Nueva York, con su superficie reglada remitiéndose a tantas arquitecturas topográficas como hemos visto en las dos últimas décadas pero generando aquí una estructura formal ambigua, escalinata, plaza, anfiteatro y plaza de toros a la vez, de bellísima factura, capaz de emocionar como pieza abstracta, casi escultórica, y como referencia cultural tradicional española, tal era su habilidad para hablar por así decirlo dos lenguas, la de la modernidad y la de la tradición, sin cambiar de palabras, con los mismos elementos constructivos y compositivos.

 

 

Y luego vino la apoteosis, el lanzamiento internacional de Higueras con su proyecto para el concurso internacional más importante realizado en aquella década junto al Centro Pompidou de París, el concurso de Montecarlo, en el que luchó nada menos que con Archigram con un proyecto enormemente escultórico que se contraponía frontalmente al de los ingleses. Mientras el de Archigram proponía en aquel lugar pegado al mar una colina artificial cubierta para ofrecer un parque de césped inglés y crear en su interior (sin luz) un contenedor multifuncional hipertecnificado, Higueras construía en hormigón una gigante flor o volcán, una explosión mineral radiando -¡cómo no!- en torno a un centro mediante bandejas voladas que permitían entrar la luz y disfrutar de las vistas desde cualquier ángulo, exterior e interior, indiferenciadamente. Sin duda la construcción de aquel proyecto hubiera cambiado radicalmente la trayectoria profesional de su autor -Sidney lo hizo con Utzon y más recientemente Yokohama con FOA-, y quizás el éxito en este concurso hubiera dado un marco mejor a su tendencia monumental y formalista que el más provinciano en el que se movía la arquitectura española en los sesenta.

 

 

Pero no todo era grandioso o monumental en su obra. También supo dar sentido a su obra en contextos en los que la máxima simplicidad era necesaria. Fernando fue, como Peña y otros de su generación, un magnífico "viviendero", un fabricante de magníficas viviendas colectivas como en el centro de Madrid muestra su intervención en la glorieta de San Bernardo.

 

 

Pero, sobre todo, consiguió el prodigio que es para un autor supuestamente excesivo y barroco que su obra construida más sencilla y barata sea la más admirada y reconocida internacionalmente, el gran ejemplo que supo construir entonces Madrid para erradicar el barraquismo: la UVA de Hortaleza (reconocible hoy como marco escenográfico donde discurren las escenas más "sociales" del Ulises televisivo).

 

Un proyecto pensado por Fernando contra el espíritu de la época, que demandaba en la vivienda social prefabricación compacta y que él, intuyendo que la dignidad de los emigrantes recién llegados a la capital era el gran problema arquitectónico a resolver, planteó en ladrillo, con cubierta de tejas y maravillosas galerías al modo tradicional andaluz, que pronto se llenaron de macetas y enredaderas y crearon un entorno climático y social único y prodigioso.

 

De nuevo la amalgama de naturaleza y artificio, de nuevo una relectura oportuna de la tradición tipológica y una toma de postura radical e intuitiva ante el problema planteado. Estos rasgos hicieron casi ineludible que César Manrique y Fernando se encontraran y formasen un interesante tándem.

 

 

César y Fernando no sólo eran amigos y colaboradores sino necesarios el uno al otro, una impredecible combinación de creadores puros, ambos con más proyección fuera que dentro de su país, sospechosos aquí, desde la ortodoxia izquierdista, de "comerciales" y, como se decía entonces, "horteras".

 

 

Mientras, el resto del mundo -para su fortuna- los celebraba y entendía mucho mejor que nosotros la brillante y visionaria transformación de Lanzarote, aquel infierno al que Franco mandaba a los desafectos, en uno de los centros del mapa imaginario de la libertad, los incipientes valores medioambientales y la belleza hedonista de la época. En ese mapa, como una verdadera catedral, reinaba y reina aún hoy el hotel Las Salinas, un manifiesto desgraciadamente solitario de lo que podía haber sido la costa y el turismo españoles con un poquito más de amor hacia los lugares, la arquitectura y los turistas (seguramente la comparación con Puerta América, nuestro hotel más cool actual nos puede dar una idea de lo mal que han ido las cosas).

 

 

En Lanzarote también está ubicado el otro gran proyecto turístico de Higueras, un proyecto de una urbanización ingenuamente pre-ecologista que fusiona el patrón circular de otros anteriores suyos con el bellísimo paisaje de la "Geria", creado artificialmente en la isla -el conocido sistema de círculos excavados para proteger del viento los viñedos que producen la malvasía (el mismo problema al que se enfrentaba Fernando, el viento)-.

 

 

La maqueta de esta topografía artificial circular y aterrazada restituyendo el acantilado de lava con la impronta de la Geria es, en mi opinión, junto al proyecto iniciático de la Residencia de Artistas, el momento de mayor inspiración en su obra, aún hoy, como el primero, con poder para desencadenar nuevos proyectos -como demuestra que siga siendo utilizado como referencia de forma recurrente por muy distintos arquitectos de múltiples países-.

 

 

Tuve la oportunidad de trabajar para él en la década de los setenta, en un mal momento en su vida. Le oía tocar la guitarra horas y horas encerrado en su despacho (fue, como es sabido, uno de los discípulos más amados de Andrés Segovia). Lala Márquez y yo, muy ignorante, ayudábamos a desarrollar los proyectos con desigual fortuna.

 

 

Ella impecable con lo suyo, siempre elegante e inteligente; yo creyendo haber dado con la solución perfecta al hotel perfecto (era un hotel en Isla Margarita) hasta que por fin un día Fernando se dignó salir de su despacho de buen humor y con ganas, se sentó junto a mí y me dio la mayor lección de arquitectura que recuerdo, deshaciendo primero por completo mi trabajo ante mis atónitos ojos y recomponiéndolo a continuación -todo en no más de 20-25 minutos- hasta proyectar un hotel asombrosamente perfecto y complejísimo espacialmente, dibujando a mano bocetos elementales pero muy bellos de los que sólo tras varias semanas de restituir aquello pude comprobar anonadado su increíble precisión, un verdadero mago, cuya facilidad infinita quizás fuese a la postre su peor enemigo (esto no lo digo yo, lo dijo Alejandro de la Sota, otro de los grandes de entonces, y de siempre, en las antípodas de Fernando en todo, ambos de la madera de la que sólo están hechos los que tienen grandeza infinita).

 

IMÁGENES: 

https://www.facebook.com/carlos.bentocompany/media_set?set=a.563378027010705.145143.100000155376360&type=3

 

ENLACE:  

http://www.revistaad.es/arquitectura/articulos/el-mito-de-la-caverna/16852