15. ene., 2018

TARRAGÓ ROS

    

AntonioTarragó Ros nació el 19 de Junio de 1923 en Curuzú Cuatiá, Provincia de Corrientes. Hijo de Antonio Ros y Florinda Reina, los primeros años de Tarragó  giraron en torno a la barraca de cueros de propiedad de la familia, especie de puerta abierta al mundo. Allí conoció a peones, mariscadores, gauchos oscuros con sombreros de enormes alas, y también a músicos de emoción intensa. Alguna vez venían montados en las gigantescas carretas de seis u ocho caballos, otras las veía pasar, acordeón y guitarra en mano, caminando una tarde de sábado rumbo al baile

 

Muy pronto, más entrañables que los amigos de la escuela del centro, le resultaron los de los barrios y caseríos más apartados. De alguna manera consiguió una armónica, y no fue raro que aunque sus padres lo incentivaron a estudiar el piano, él quisiera tocar el acordeón y también la batería que había visto en algún baile de pueblo.

 

 A los quince años ya integraba distintos conjuntos con su hermano y algunos amigos, y a los diecisiete, ya decidido por el chamamé, emprendió sus primeras giras. Con dos o tres músicos más subían a un tren, se ganaban el dinero para el viaje tocando para los pasajeros, y en una de esas aventuras llegaron hasta Buenos Aires. Pero el grueso de su trabajo, menos escaso que las ganancias, estaba aún en Corrientes, en los alrededores de Curuzú Cuatiá. Ya por ese entonces, Tarragó sentía que su pasión por la música estaba atravesada por algo más que el gusto de la aventura personal. Y para dar difusión y sostén a esa conciencia cultural, el quince julio de mil novecientos cuarenta y tres apareció la primera edición del quincenario Brisas Correntinas, editado y dirigido por el mismo.

 

 La publicación incluía una editorial, letras de canciones, una columna humorística, unos versos dedicados a Tarragó por su amigo Luis Torres, anuncios de programas radiales y bailes. Ese mismo año viajó a Buenos Aires integrando el Conjunto Taragüí  que dirigía  Pedro Sánchez y tampoco le daba mucho sustento. Primero habían sido los músicos escuchados en la infancia en Curuzú Cuatiá; después las historias de jóvenes e impensados talentos descubiertos en parajes remotos; leídas en El Alma que Canta o vistas en el cine.

 

Ya en Buenos Aires, otra visión alimentó sus sueños adolescentes de ídolo popular:  La imagen de Ramón Estigarribia, músico apodado Yaguareté, comiendo con deleite y sin privaciones, feliz y rodeado de amigos en un restaurante del centro.  En aquel momento fue además acordeonista de MauricioValenzuela, de quienes años más tarde hablaría agradecido por sus enseñanzas profesionales.  También tocó junto a Mario Millán Medina, Isaco Abitbol y Ernesto Montiel. Pedro Mendoza y Luis Acosta fueron otros de los amigos que estuvieron cerca de él durante su corto paso por la capital. En 1944 regresó a Corrientes al frente de un elenco llamado melodías guaraníes, cuya dirección en algún momento compartió el celebrado bandoneonista Orestes Hernández. Realizó numerosas actuaciones en el Litoral y Brasil, además de presentarse en Radio Prieto, Radio Callao y La Voz del Aire.

 

 Numerosos anuncios de la época rememoran lo completo del  programa. Si se realizaba en un cine, la primera parte incluía, por ejemplo, la proyección de El amo del arrabal, Tierra sin ley o Baile y pasión. Ofrecía chamamés, polkas, galopas, schotis,  valseados, canciones, solos de acordeón, diálogos en guaraní, recitados, solo de bandoneón, "bombo indio" y canciones regionales en dúo. Si la actuación era en Curuzú Cuatiá el cantor y glosista podría ser Gorgonio Benítez, encargado de la barraca y amigo fiel de Tarragó. En 1945, en vista de las dificultades para conseguir trabajo bien pagado, aceptó reemplazar a Tránsito Cocomarola en el conjunto de Emilio Chamorro.  Actuó en él casi tres años, durante los cuales maduró como instrumentista y compositor, pero sobre todo fue definiendo un estilo propio, que sumado a su fuerte personalidad pronto desembocaría en su carrera como director. 

 

En 1947, de su fugaz unión con Elia Crispina Molina, nació  su hijo Antonio. Ese mismo año decidió volver a independizarse profesionalmente y para ello se radicó definitivamente en Rosario, en las puertas del litoral y cerca de Buenos Aires. Intentó sus primeros grupos e hizo sus primeras actuaciones en La Ranchada, un local propiedad de Emilio Chamorro; en el Club Huracán de Entre Ríos y en el Centro Correntino de Rosario. Fue allí  precisamente, en 1948 que incorporó a Carlos Olmedo , quien sería hasta el final su cantante, animador y amigo fiel.  Aquél conjunto se completaba con Felipe Lugo Fernández, Rómulo Velázquez, Adriana Selva, Edgar Estigarribia y Alonso, el nombre de pila de éste último perdido en la memoria.

 

Los comienzos no fueron sencillos. Las presentaciones más frecuentes eran las fiestas organizadas por los prácticos del  puerto, y también en los bailes montados por el mismo Tarragó, en los que a su conjunto solía sumar una orquesta de tango y una de jazz. La suerte era diversa. Sin embargo, en aquel momento el músico se sentía ya dueño de su oficio y su decisión de persistir era cada vez más fuerte. Sobre todo, había sentido agitarse de emociones el aire entre él y el público, cada vez que subía a un escenario.

 

Trabajó así hasta 1954 en que realizó su primera grabación. Acompañado por Antonio Niz y Vicente Lugo Fernández realizó una prueba en Odeón.  Impactó por su estilo punzante e irresistiblemente bailable, y grabó un disco de 78 rpm con el Toro y Don Gualberto.

 

Su repercusión fue inmejorable. Al año siguiente volvió a grabar y a partir de allí comenzó su ascenso. Ya entonces había agregado a las bombachas unas corraleras también bordadas que había tomado de las antiguas imágenes de Carlos Gardel, a quien mucho admiraba. Su estampa de hombre muy alto y de amplia sonrisa, comenzó a ser sinónimo de ese fragor alegre que se desataba en los bailes, desde el primer acorde que pulsaban sus dedos. LLegando a los años 60 era uno de los músicos más populares de toda su zona de influencia, uno de los mayores vendedores de discos del país, y los sellos discográficos se disputaban su contrato. En 1964 había pasado el millón de placas vendidas y fue distinguido con su primer disco de oro. Más adelante obtendría otro, uno de platino y el preciado Templo de Oro que la compañía discográfica ofrecía a sus grandes estrellas históricas

 

Un día de 1966, se encontraba de paso por Buenos Aires cuando se le apareció Antoñito, a quien poco había vuelto a ver. Regresaron juntos a Rosario y ante la decisión del jovencito y en vista de sus habilidades con el acordeón, el padre le dió en su conjunto un puesto de acordeonista suplente y presentador. Entretanto, Tarragó tenía su propio salón de baile en Rosario, el  Humberto I, y en esos años conducía al conjunto por todos y cada uno de los pueblos y ciudades del litoral. Los sucesivos discos de larga duración, las radios y sus frecuentes presentaciones televisivas afianzaron su popularidad, cuando ya comenzaba a ser llamado El Rey del Chamamé.

 

En la intimidad de su casa de Rosario, se lo podía ver cenando a la madrugada junto a Angelita Lezcano, su compañera de los últimos dieciséis años, conversando con ella y escuchando por la radio chamamés. Llegó a componer casi doscientos temas, grabó una veintena de discos de larga duración e influenció a toda una generación de intérpretes del chamamé. En sus años finales, el asma había comenzado a cercarlo. Cuando sintió el primer y último aviso de su corazón, se levantó tranquilo, se afeitó, se vistió con su cuidada elegancia habitual, y salió para internarse en el Sanatorio Corrientes , en Rosario. A las 14 del  sábado del 15 de abril de 1978, dejó de existir, víctima de un paro cardíaco. Su deseo había sido dejar sus restos en Curuzú Cuatiá, y hasta allí  fueron llevados en un lento cortejo fúnebre, en cada pueblo saludado por lugareños que mucho lo habían querido

Álbum de fotos:

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Fuente: http://www.tarragoseando.com/