11. may., 2016

JARDÍN FLORIDO

 

Jardín Florido se llamó, y se llama, porque es leyenda y las leyendas no mueren. Fue el piropeador más famoso y respetuoso de los años '50 y '60 cordobeses, el dueño de frases inocentes, lisonjeras, que engalanaron las esquinas céntricas de la Córdoba de antaño, aquélla donde no existía la prisa.


El hombrecito de traje negro, chistera, bastón con empuñadura de marfil y flor en el ojal -un clavel, tal vez un jazmín, o una indefinida y descolorida flor de plástico en los últimos tiempos- había nacido en Bassano de Grappa, Italia, en 1888, dicen casi todos. Pero, como ocurre con los seres legendarios, también hay quienes cuentan que, en realidad, había llegado desde un pueblito de la provincia de Santa Fe.

 

Fernando Albiero Bertapelle, que era su nombre verdadero, llega a la ciudad de Córdoba y comienza a trabajar de camarero en las confiterías y restaurantes del centro de la ciudad. Es sin embargo en 1936 cuando comienza a llamar la atención de la gente. En tal año el político y abogado Aguirre Cámara traba amistad con Bertapelle y consigue que se le dé el puesto de camarero en el Jockey Club cordobés. El Jockey Club era en esos tiempos, en toda Argentina, uno de los clubes exclusivos de la "aristocracia". Cuando Bertapelle salía de trabajar lo hacía vistiendo a imitación —casi paródica— de los antiguos personajes de abolengo, esto es: vestido con frac, chistera (sombrero de copa) y un bastón rematado con una bola de billar de marfil a modo de empuñadura.

 

Al curioso atuendo le añadía un aún más curioso ramillete de flores que prendía de las solapas, aunque lo más llamativo de todo era su recorrido cotidiano casi ritual, efectuado durante décadas por la calle 9 de julio (entonces la vía más comercial y concurrida de la ciudad); en toda ocasión que se encontraba con una mujer atractiva Bertapelle le decía barrocos piropos, casi gongorinos, genuinos florilegios llenos de curiosa inventiva. "En el mar de sus ojos, señora, ¿quién podrá salvarme?" susurraba el personaje en la esquina de 9 de Julio y Rivera Indarte. O "Estas negras rejas se desvanecen para servir de simple fondo a la colorida belleza de sus ojos, de su cabello y de su juventud", decía el hombre, con todo el tiempo del mundo por delante. Hay quien aún recuerda un piropo especial, con fecha y todo. Fue "Adiós, hermosa legisladora del mañana" lo que se le ocurrió decir a Jardín Florido en 1952 a una dama que pasó por ahí, en homenaje al voto femenino inaugurado por esos días.


En la década de 1950 llegó a poseer una cantidad suficiente de dinero como para comprar un automóvil de lujo Packard -del mismo color y modelo que el de Carlos Gardel- que adornó con un par de floreros a los costados. Por ello, un periodista le apodó inicialmente "Ventanita Florida" (título de un tango-canción entonces en boga), pero el pueblo directamente comenzó a llamarle "Jardín Florido" y es con ese apelativo como ingresa en la leyenda.

 

Tales actitudes fueron por él mantenidas hasta sus últimos días por lo que el contraste de sus modos exageradamente refinados y corteses se acentuó al advenir la década de 1960, época en la cual se produjo un cambio de paradigmas morales y —consecuentemente— de modales, en tal aspecto y en tal momento Bertapelle resultó como una nostálgica rememoración de épocas supuestamente más inocentes y plenas de galantería. De este modo, el sujeto devino por propia voluntad en una especie de adorno viviente de la ciudad de Córdoba.

 


"Este empedrado que pisaron soldados, próceres y sacerdotes, es digno de sostener su celestial armonía, capaz de endulzar al mismísimo hierro", decía Jardín Florido desde otra de sus esquinas favoritas, la de San Martín y 25 de Mayo, según recuerda hoy una cordobesa de 48 años que solía pasear por allí de la mano de su mamá. "La respuesta de mi madre y de las demás mujeres que lo oían piropear era una sonrisa, siempre". Lo mismo afirma su compañera de trabajo, nacida en La Docta hace sólo 28 años pero con memoria histórica: "Claro que oí hablar de Jardín Florido. También lo llamaban Ventanita Florida; mucha gente de mi familia lo conoció".


 El nombre de Jardín Florido reluce en tres calles cordobesas: lo recuerdan una placa en Antonio del Viso 738, el sitio donde vivió; otra de cerámica en la primera cuadra de la calle San Martín, y una mayólica en 9 de Julio y Rivera Indarte, realizada por la artista Nélida Varaldi, con versos de la poeta Noemí Pedernera.



"Sólo pretendo sobrevivir. No espero nombramientos. No quiero discutir y menos oír hablar tonterías de quién soy. No poseo más que el andar de un simple hombre que espera... Pasarán los días y no me encontrarán, nada más", dicen que dijo el hombre de galera y bastón poco antes de morir, a los 80 años, en su casa del barrio de Alta Córdoba, donde vivía.  

 

 

Era la fría mañana cordobesa del 9 de julio de 1968. La vida de Jardín Florido se extinguía, y se agrandaba la leyenda del hombrecito educado y galante. También se iba apagando la calma de aquella Córdoba tranquila y siestera. Pronto, otras voces sonarían, otros pasos agitarían las calles de la ciudad "de la bella estirpe y casta doctoral".

 

Caballero de la ley (vals criollo)

Calle 9 de Julio esquina Rivera Indarte,
corazón elegante de mi docta ciudad
donde late la vida al compás de los gritos
de un lustrín y los versos del cieguito cantor.
Con su paso altanero se acerca un viejecito
que guarda veinte abriles dentro del corazón.
¿Quién no lo conoce? Ahí va Jardín Florido,
en el ojal prendido su infaltable clavel,
el piropo elegante que el caballero brinda
a la cordobesita que acaba de pasar.
La niña se da vuelta y esboza una sonrisa
que es como una caricia para el galán de ley.
Pasaron muchos años y el centro de La Docta
lo vio todos los días sus calles caminar.
Y se fue marchitando el clavel de su pecho.
A la Dama de Negro no pudo galantear.
Galantería fina, piropos respetuosos
quedaron en el aire del centro cordobés
y un clavelito blanco se fue rumbo al olvido,
murió Jardín Florido, caballero de ley.

 

 

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