21. abr., 2015

MARCELO BERBEL

Marcelo Berbel, nació en Plaza HuinculNeuquén. Poeta, escritor de obras inéditas, compositor y músico folklorista de la Patagonia. Hijo de Juan Berbel, inmigrante español oriundo de Andalucía y de María Teresa Arriagada, natural del Neuquén descendiente de Mapuches.

 

Fue uno de los poetas más influyentes de la región patagónica. Compuso los himnos oficiales de la provincia del Neuquén, (Neuquén Trabun Mapu) junto a Osvaldo Arabarco, también el himno de Neuquen Capital (Regreso al Ayer).

 

Sus canciones han sido interpretadas por artistas reconocidos en toda la Argentina y se han difundido en gran parte de América, abarcando diversos estilos. La Pasto Verde, El embudo, y Amutuy (“Vámonos”) soledad, son algunas de sus composiciones, que han ganado gran popularidad en las interpretaciones de Jorge CafruneJosé Larralde, Soledad, León Gieco, Peteco Carabajal, y Rubén Patagonia respectivamente. 

 

Marcelo Berbel es el padre de los integrantes del dúo Hermanos Berbel, conformado primero por Néstor Armando Berbel (“Guchi”) y Hugo Marcelo Berbel (“Chelito”) y luego de la muerte de “Guchi”, por “Chelito” y Marité Berbel, logrando llevar su música tanto a escenarios nacionales como del extranjero.

 

Se crió en Plaza Huincul, Neuquén, y allí bosquejó la mayoría de sus 2500 temas, casi todos anónimos, un puñado de ellos apenas conocidos (aunque fundamentales: “La pasto verde”, “Amutuy soledad”, “Por las bardas” y “Amanecer cordillerano”, entre otros) y uno muy famoso: “El embudo”. Esa canción, que León Gieco grabó en 1997 para su disco Orozco, y que contó con la participación de artistas tan diversos como Mercedes Sosa, Ricardo Iorio y Chizzo de La Renga, resumió de algún modo su obra, entendida como un alegato permanente en favor de la cultura patagónica y en contra de sus depredadores.

 


“Mi política es celeste y blanca y mi patria son los mapuches”, fue la frase de Berbel que sirvió para titular un reportaje concedido a Página/12 en mayo del año pasado. En cierta medida, esas pocas palabras (no era de utilizar muchas más, salvo cuando escribía) definían su ideario. Su concepción del nacionalismo era tan profunda que prescindía de sus lugares comunes y, sobre todo, renegaba de sus apropiadores. Berbel decía así: “Muchas veces los nacionalismos terminan en un gran cajón común que es el de la extrema derecha, y yo con eso no quiero tener nada que ver. La izquierda, en cambio, nunca me molestó. Pero mi política es celeste y blanca y la patria en mi tierra son los mapuches, porque todo, los cerros, los caminos, los lagos, tiene que ver con ellos. Jamás me afilié a ningún partido político. No creo en ninguno”.

 

María Julia Alsogaray no vaciló en tildarlo de “zurdo” no bien le dijeron que Berbel era el autor de “El embudo”, pero lo cierto es que su obra influyó en artistas patagónicos de izquierda (Eduardo Guajardo), de derecha (Hugo Giménez Agüero) e indefinibles (Rubén Patagonia). Era amigo del obispo Jaime de Nevares, a quien abrumaba con su anticlericalismo. 
Berbel escribía libros que jamás publicaba (“¿para qué voy a publicar?, ¿quién lee libros hoy?”, preguntaba con una sonrisa de serena resignación) y acumulaba melodías sin alentar el más mínimo interés comercial. La conciencia de pertenecer a un territorio olvidado, señalaba, era consecuencia de haber percibido otros olvidos previos: “¿Por qué debería no olvidarse la cultura patagónica si hemos dejado que se llevaran el petróleo, el gas, la corriente eléctrica, el oro, la plata, la carne?”.

 


A su manera, y esto sí lo enorgullecía, era un héroe de pago chico. Por un lado, reconocía que escribía “para todo el mundo, pero en primera instancia para el paisano del boliche con piso de tierra. Ese, seguro que me entiende”. Pero también gustaba de los pequeños reconocimientos oficiales, esos que salen en la contratapa de los periódicos de pueblo: era, por ejemplo, autor del Himno de Neuquén. Una vez, en una escuela, la maestra lo presentó a los alumnos con los honores del caso: “Lo que más les llamó la atención a los chicos fue que el autor de un himno todavía estuviera vivo...”, contaba el año pasado.

 


El hombre de Plaza Huincul apenas percibió en los últimos años el aumento paulatino de su prestigio. Viajaba poco y sentía cierta fobia ante la vorágine porteña, aunque llegó a recibir noticias tardías de su canonización folklórica. El éxito de “El embudo” –una baguala-heavy, con una letra demoledora de Berbel– multiplicó, aunque fuese de un modo nominal, las referencias a su apellido (la “familia Berbel” es una institución neuquina en sí misma). Solía decir respecto de ese cambio: ‘“El embudo’ es un tema que yo ya tenía. Lo recité en su momento y no pasó nada. Le llegó a Gieco y ahora se conoce en toda América. El destino de la palabra es misterioso”.

 

El 9 de abril de 2003, la muerte sorprende a Marcelo Berbel, le faltaban diez días para cumplir 78 años. La fecha de su cumpleaños, 19 de abril, coincidía, como si ratificara periódicamente su elección de vida, con el día del “Indio Americano”.  Luego de una infección pulmonar, la muerte llegó para interrumpir su sencilla acumulación de rutinas: levantarse a las cuatro y media de la mañana para escribir música, saludar a los vecinos con su voz apagada y sabia, convivir austeramente con los pergaminos que amasaban –sin su consentimiento– su condición de prócer patagónico no oficial.

 

Imágenes:

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