28. mar., 2015

ROY ORBISON

Roy Kelton Orbison (Vernon, 23 de abril de 1936Hendersonville, Tennessee, 6 de diciembre de 1988), fue un influyente cantante y compositor estadounidense de rock and roll, cuya carrera se extendió a lo largo de más de cuatro décadas.

 

Orbison,  debido al padecimiento de varias deficiencias visuales desde su infancia,  debía llevar gafas especiales. El uso de sus peculiares gafas de sol fue fruto de un accidente a comienzos de su carrera: tras olvidarse sus gafas habituales en un avión, se vio obligado a usar las de sol, que también tenía graduadas, para manejarse con soltura sobre el escenario donde había de actuar. Llevó esas gafas durante su gira con The Beatles y luego las adoptaría para siempre.

 

El inmenso tupé y las gruesas gafas de pasta apenas ocultaban el rostro redondo y aniñado de Roy Orbison (1936), un cantante capaz de helar la sangre con un tenue murmullo. Pero aquel peinado y aquellas gafas tampoco conseguían mitigar la profunda tristeza de un hombre marcado por la mala fortuna, por un destino cruel con funestos planes para el dotado vocalista. Artista de carrera irregular, Orbison vivió el abrazo y el abandono de la fama, pero aquello carecería de importancia en comparación con las tragedias que sacudieron su vida personal y que acabarían marcando su obra y su éxito.

 

Siempre vestido de negro, como su amigo Johnny Cash, el joven Roy llenaba el escenario de carisma y abrumaba al micrófono con una voz rota y arenosa, pero al bajarse del escenario volvía a ser un hombre débil e inseguro, enamoradizo y tímido, un músico perseguido por un destino cruel que cercenó la carrera de uno de los artistas más dotados de los años cincuenta, un músico que tendría que esperar a la nueva década para conocer la fama.

 

Orbison llegó tarde al boom del rock de mediados de los años cincuenta y su paso por Sun Records, el sello de Cash o Elvis, estuvo marcado por una errática aproximación al rockabilly. En Memphis no entendieron que Roy no era una estrella del rock, un atractivo joven capaz de enamorar adolescentes. Orbison no era un rockero, no tenía el físico, ni la energía ni la presencia. Su estilo era otro, más dulce, más triste, más sutil.

 

El texano tardó más tiempo en encontrar su lugar, ese terreno próximo a la balada en el que su voz encontraba acomodo en composiciones melancólicas y duras capaces de robar las lágrimas al más adusto. A finales de los cincuenta, Orbison salió del sello de Memphis y encontró cobijo y cariño en Monument Records, un sello que concedió libertad al cantante y que recogió las glorias de sus mejores trabajos, editados en la primera mitad de los años sesenta.

 

La carrera de Orbison despegó con el cambio de década gracias al éxito de ‘Only the lonely’, un tema que se convirtió en su primer número 1 y que sería su presentación en sociedad ante un público que cayó rendido ante su sugerente voz. Esos serían los mejores años de una carrera fabulosa ensombrecida por la trágica suerte de su protagonista. En aquella época, sin embargo, la vida parecía sonreír al músico.

 

En 1963 Orbison editó su cuarto álbum para Monument Records, ‘In dreams’, un disco que se convirtió en uno de sus mejores trabajos. El músico volvió pronto al estudio para preparar su siguiente obra, pero antes de editar ‘Orbisongs’ tendría un momento de genialidad que le daría la eternidad musical. En el verano de 1964, dos temas suyos -escritos junto a Bill Dees- llegaron al número 1 igualando el éxito que tuvo ‘Only the lonely’ cuatro años antes.

 

Aquel sería el de verano de Roy Orbison. Tras el éxito en junio de ‘Its over’, el cantante editó en agosto un nuevo single, una canción sencilla y poderosa que tituló ‘Oh, pretty woman’ y que nació de casualidad. Cuenta la leyenda que Roy y Bill estaban trabajando en casa cuando la novia de Orbison se acercó a ellos para despedirse y decirle a su pareja que se iba de viaje. Cuando el músico le preguntó si llevaba dinero, la respuesta de ella no pudo ser más clara: “Pretty woman never needs any money” (La chicas guapas nunca necesitan dinero).

 

Unas horas después, Roy Orbison terminó la que sería su canción más emblemática. Una canción penetrante, seductora y adictiva. Una canción escuchada millones de veces pero que todavía mantiene su fuerza y su calor. La nueva composición del estadounidense fue un enorme éxito, una canción que llegó al número 1 en Inglaterra y EEUU, y que se quedaría en esa posición durante el verano de 1964.

 

La racha de Orbison todavía duraría unos años más, al menos hasta que en 1966 su vida personal se tiñó de luto. Ese año falleció su mujer en un accidente de motocicleta, pasión que ambos compartían. El músico todavía estaba recuperándose cuando un incendio arrasó su casa matando a sus dos hijos pequeños. De pronto, la vida había arrebatado a Orbison lo que más amaba. La tristeza intrínseca de su voz se marcó con firmeza en su rostro. Un tatuaje eterno que el cantante nunca se quitaría aunque volvería a casarse cinco años después.

 

Durante los años setenta, el músico texano siguió editando álbumes, pero el giro musical de aquella época le alejó del público joven y poco a poco su triste figura fue cayendo a un segundo plano. Orbison se resignó y aceptó su destino, un destino trágico y vengativo que no daría más oportunidades al músico durante años. Pero la suerte daría un nuevo giro. A finales de los setenta, una nueva generación de artistas reclamó la figura y la influencia de Orbison en la música y alabó el talento de ese cantante melancólico y ensombrecido.

 

En los ochenta, su carrera dio un nuevo salto gracias a la aventura de los Traveling Wilburys, la banda formada por George Harrison, Bob Dylan, Tom Petty y Jeff Lynne. Aquella aventura relanzó el espíritu de Roy, junto a sus amigos, grandes artistas que respetaban el legado de Orbinson, el cantante volvió a sonreír. En el nuevo proyecto, la voz de Orbison volvió a flotar sobre la música, a bailar con ella, a mostrar la siniestra dulzura de uno de los mejores baladistas de la historia de la música.

 

Aunque aquella reconciliación no duró demasiado. El 6 de diciembre de 1988, Roy Orbison murió de un ataque al corazón. Tenía 52 años y su estrella volvía a brillar tras muchos altibajos. Tras su muerte, el mundo de la música se rindió a la poderosa voz del hombre más triste de la música, de un artista a caballo entre géneros y estilos que fue capaz de conmover, seducir y entristecer y cuya obra y vida quedaron marcadas por la muerte, la soledad y el drama.

 

Fuente: Alfonso Cardenal. Cadena SER. Cultura

 

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