4. mar., 2015

EL CUCHI LEGUIZAMÓN

El Cuchi Leguizamón, un musiquero genial e irreverente



Nacido en Salta el 29 de setiembre de 1917 El Cuchi fue poeta, músico, compositor, abogado penalista, defensor de pobres por sentimiento, y profesor de historia, literatura y filosofía. También un polemista filoso, capaz de decir más en serio que en broma que todos los males argentinos se deben a que "este país se ha amariconado, y no se puede ser traidor con el sexo".

 

Casado con Ema Palermo, padre de tres varones y una mujer, Leguizamón es autor de más de ochocientas obras, incluyendo piezas inolvidables como Corazonando, La Pomeña, Zamba del silbador, Carnavalito del duende, Zamba del laurel, Elogio del viento, Balderrama, Lloraré, Zamba de Juan Panadero, Coplas del regreso, Zamba del guitarrero.

 

 

Orquestador del memorable Dúo Salteño además de sus propias letras, musicalizó los poemas de su entrañable amigo Manuel J. Castilla, pero también los de César Perdiguero, Luis Franco, Jaime Dávalos y Armando Tejada Gómez.



Este hombre a quien ya anciano no le alcanzaba la plata que cobraba por derechos de autor para arreglar su piano oxidado tenía una prosapia que lo marcó.



Tenía meses apenas y a su madre le preocupaba su delgadez. Fue en esa época que le ofrecieron unos chanchos para ver si podía comprarlos. "¡Pero están flacos como este cuchi!", regateó mirando a su hijo. En ese instante Leguizamón quedó rebautizado: desde entonces y para todos sería El Cuchi, vocablo que en quechua quiere decir precisamente chancho, pero al que en Salta se le otorga un significado no peyorativo sino simpáticamente cómplice.


Como padecía de sarampión, a los dos años su padre le regaló una quena, con lo cual lo hizo musiquero antes casi de que aprendiera a hablar. Después, siempre de oído, la emprendería con la guitarra y el bombo, hasta que recaló en el piano. Cuando tenía veinte años y debía resolver su futuro, ya era músico.

 

 

Le comunicó a su padre que iba a estudiar Derecho, y el hombre se encrespó. Su idea era que fuera a París para perfeccionarse como pianista.  El Cuchi, que se deleitaba con tener una historia al revés de los convencionalismos, no hizo caso y marchó a La Plata, donde en 1945 obtuvo el título de abogado.

 

Cantó con el coro universitario, jugó rugby y después ejerció treinta años la abogacía, hasta que decidió "dejar de vivir de la discordia humana y vivir de la alegría". En los cuarenta, cuanto tenía algo más de 25 años, trenzó una amistad entrañable con el poeta Manuel J. Castilla.

 

 

Más que amigos, El Cuchi y Castilla fueron cómplices. Cuando el zoológico de Salta cerró, a uno de los empleados lo indemnizaron con un león desdentado, que coqueaba y movía la cola como un perro. Leguizamón, Castilla y otros duendes de noches que ni el amanecer clausuraba decidieron proveer de aparato masticatorio al animal, y la idea fue hurtarle la dentadura postiza al cura de Cerrillos. Fue el clérigo entonces el que se convirtió en un león, ya que no podía rezar misa sin dientes, y hubo que devolver el implemento.


Al Cuchi, en fin, muchas veces con letra de Castilla, la música argentina, la universal en verdad, le debe zambas, chacareras, carnavalitos, vidalas inolvidables en las que habitan el amor, la tragedia, la miseria, el sarcasmo, la ternura.

 
En tiempos de Arturo Illia, El Cuchi fue diputado provincial extrapartidario y en tiempos del gobernador peronista de Salta Roberto Romero, asesor cultural de la provincia. Fue entonces cuando embistió con mayor fiereza contra una burocracia sorda que impedía importar pianos y protagonizó en la Legislatura debates memorables para propender al descongelamiento cerebral.

 


Impensable en Buenos Aires, Leguizamón —que mascaba hojas de coca, y defendía la costumbre— fue parte del paisaje de Salta, a la que amó profundamente, desde los olores de sus yuyos secos hasta el aire que viene de la quebrada Escondida por la cual Belgrano sorprendió a los españoles.


Se desvivía por los filósofos de la Grecia antigua que, como él, salían a caminar mientras reflexionaban y gozaban del clima, y después se burlaba: "Yo siempre ando distraído, silbando, pensando cosas en la calle; los entendidos dicen que estamos confundiendo a Salta con Atenas y que andamos queriendo aquí otra colonia peripatética.

 


Este hombre al que le encantaba escudriñar el cielo, erudito de la cocina criolla y la antropología, amó a las mujeres de una manera que erizaría los pelos de una feminista: "Las mujeres del artista tienen que ser santas de la vida, es decir, grandes aristócratas o maravillosas mujeres del pueblo", ésas que según él engualichan con la comida como preludio de un sueño que no es tal sino otra cosa.


Defensor a ultranza de la cultura popular y de su sujeto y objeto ("¿Cómo podés matar de hambre a la gente y pensar que hay que pisar los cadáveres de los sumergidos para que la patria financiera no se despeine?") este místico irónico y dulcemente perdulario que reía con sus propias mentiras y sobresaltaba con sus risotadas, padecía un astigmatismo crónico que no le impidió escudriñar desde la Pachamama la idea de Dios.

 

 


Por eso, acaso, escribió:

 

"Pobrecito Tata Dios / siempre solito y ausente /

se moriría de aburrido / si no fuera por la gente. /

Pobrecito Tata Dios / administrando perjuicios /

pobreza, muerte y olvido / la pucha con el oficio. /

Pobrecito Tata Dios / ni siquiera cantar sabe /

sin sentimiento ni sueño / no tiene Dios que lo ampare. /

Pobrecito Tata Dios / cuándo aprenderá a ser gaucho /

qué sabrá el pobre de amores / sin mujer y sin caballo. /

Pobrecito Tata Dios / no le queda un solo amigo /

siempre rodeado de adulones /

que van a chuparle el vino.

 

 

 

Es algo que El Cuchi no perdonaba. Hasta le escribió una canción de cuna: "Si el vino me ha dormido tantas veces, es justo que yo lo acune alguna vez".


Texto: JORGE EZEQUIEL SANCHEZ.
 
 
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