Mi Música

27. sep., 2018

 

Años sesenta. Era la época del ye-ye , del twist y el rock and roll . En París, Brigitte Bardot brillaba por su erotismo mientras confesaba  “J’adore les Machucambos”. Estos formaban un trío de músicos aficionados que pusieron a bailar a Europa con canciones como La bamba y Pepito, mi corazón . La voz sensual que los hizo inolvidables fue la de una costarricense: Julia Cortés. Nieta del ex-presidente León Cortés Castro e hija de Otto Cortés, Julita fue una de las primeras costarricenses en abrirse paso en la escena internacional, de la mano de la conocida agrupación de música folclórica latinoamericana.

 

Julita dio sus primeros pasos como artista a los 20 años, cuando se mudó a Europa a trabajar como secretaria de la Embajada de Costa Rica en Madrid, España.  De ese país Cortés pasó a Roma, Italia y luego a París, Francia. L’Escala era un pequeño bar en el Barrio Latino y el centro de la música latinoamericana en París. Allí iban a tocar intérpretes que después se hicieron célebres, como la chilena Violeta Parra y el argentino Atahualpa Yupanqui. En L’Escala coincidieron quienes formarían los Machucambos: a los amigos Julia Cortés y Romano Zanotti se les unió el español Rafael Gayoso.

 

Ya desde la primera noticia periodística sobre el trío, en noviembre de 1958, se destacaba su inconfundible presencia, sus piernas desnudas y su cara de campesina, descrita como “fea y sana”. Esta “campesina” se convirtió en un rostro frecuente en los periódicos de la época, en la vedette de la música sudamericana en Europa. Julita empezó a ser presentada como aristócrata pues era nieta de un expresidente de un pequeño país latinoamericano (León Cortés), y pronto se la comparó con otros mitos de la escena francesa, como La Mistinguette y Josephine Baker.

 

La cultura latinoamericana causaba furor en Francia y su tradición musical les sirvió de impulso. El trío obtuvo un éxito inicial con La bamba y Duerme negrito , nunca antes grabados en Europa; pero el despegue verdadero vino con una gira por Francia y sus colonias de ultramar: Túnez, Argelia y Marruecos. Recorrieron más de 150 ciudades con un espectáculo destinado a dar a conocer el folclor latinoamericano, realizaron un disco y obtuvieron el Gran Premio de Francia a la mejor grabación. Aún no eran un producto comercial, pero la experiencia les dio la oportunidad de conectarse con las nuevas generaciones. Desde ese momento, y hasta la hoy, no hay un solo francés que haya vivido su juventud entre las décadas del 50 y del 60 que no recuerde con nostalgia a Los Machucambos.

 

A su regreso a París, el director de una discográfica popular asistió a una de sus presentaciones y los contrató para grabar en serio. Era el año 1959 y el disco ganó el gran premio de la Academia Francesa. Dos años después, el mismo productor los instó a que probaran suerte con la música bailable y que compitieran con el mambo y los ritmos de moda. Como no tenían con qué rellenar la segunda cara del pequeño acetato de 45 revoluciones por minuto, el trío tomó un rock and roll titulado Pepito y convertirlo en chachachá. Lo demás es historia.

 

Casi 50 años más tarde, los jóvenes que vivieron el fenómeno aún lo recuerdan y lo tararean con la misma emoción: Pepito, mi corazón, Pepitín, Pepitón. Pepito de mis amores...En dos meses escaló al primer lugar en Francia y así se mantuvo durante más de nueve meses. Su impacto arrastró a Europa y Turquía e incluso llegó al número 19 de la revista Billboard , en los Estados Unidos. De ahí en adelante, el trío continuó con la música bailable, y el éxito se convirtió en un fenómeno de masas y de discos. Esa fórmula permitió romper las perspectivas estrechas de la música folclórica y acercarse a una audiencia masiva que creció de la mano de la industria discográfica, la radio y la televisión. Por supuesto, el paso siguiente fue saltar a los grandes teatros franceses y europeos.

 

Adquirieron el mítico espacio de L’Escala, en el Barrio Latino, pero nunca tocaron en él, porque era un lugar demasiado pequeño para la dimensión de sus espectáculos. Julita Cortés requería un escenario acorde con su movimiento expansivo y su creciente carisma. El sitio escogido fue el teatro de variedades más importante de Francia: El Olimpia. En 1962, llenaron por primera vez el célebre auditorio, en un ritual colectivo que continuó a lo largo de la década.

 

Cuarenta años después, en una entrevista que me concedió para un libro en preparación, Julita se sinceró: “(Nos) sucedió lo que le pasó a Ricky Martin, que con una canción idiota ( Livin la vida loca ), fascinó a todo el mundo y, ¡boom! , se hizo famoso”.  Julia Cortés y Los Machucambos  grabaron unas 700 canciones, 50 discos de larga duración y unos 80 sencillos, pero ella nunca se explicó su éxito ni se lo tomó en serio. Lo vivió igual como empezó a cantar: por gusto, como un golpe de suerte en una noche de bohemia en el Barrio Latino.

 

Los Machucambos fue el primer grupo europeo en grabar músicalatinoamericana con un sonido contemporáneo, aprovechando la tradición cultural del continente como un todo, sin importar las diferencias geográficas. Sin embargo, como dice el dicho, el éxito se va tan rápido como llega. En el 2000, delante de su impresionante colección de recortes de prensa, fotografías y recuerdos, Rafael Gayoso explicó cómo terminó: “¡Era todo! ¡Julia!, la que tenía la voz, la que tenía la presencia en escena, la que tenía todo. ¡Sin Julia no había Machucambos!

 

“Julia fue la piedra de base de Los Machucambos. Por su talento de cantante, que no sé de dónde le venía, porque no lo perdió en ningún sitio; por su belleza y por su presencia escénica, era la base del grupo. Nosotros, Romano y yo, no hacíamos más que completar la presencia de ella, con nuestras voces y arreglos musicales, que era la parte que me correspondía; pero sin Julia no había Machucambos.  “La prueba es que cuando llegó un día en que, por diferentes razones, nos separamos, nos costó mucho poder seguir nuestra profesión. Ella nos hizo y nos deshizo”.

 

En 1972, Julia se desmayó en un teatro de Bruselas, la capital de Bélgica, y dejó de cantar. Se le diagnosticó meningitis, y Rafael, su esposo, así como los padres de Julita, decidieron enviarla a Costa Rica para que se recuperase y recobrara su energía. En realidad, Julia Cortés había decidido no volver a Los Machucambos.  En Costa Rica grabó un disco y se presentó acompañada por el trío Los Millonarios. Ese fue el preludio de un largo silencio. Se recluyó en su casa en Escazú y se convirtió en una mujer común y corriente.

 

Los Machucambos continuaron sin ella, pero nunca alcanzaron el éxito anterior. En cada espectáculo, los asistentes buscaban afanosamente los pies desnudos de la inconfundible Julita Cortés. En las tres décadas siguientes, más de diez cantantes intentaron sustituir a Julita, algunas veces con dos intérpretes a la vez, sin recuperar el esplendor pasado.

 

En el 2000, Julita me dijo: “Es curioso. Yo no he perdido la voz, lo que perdí fueron las ganas de cantar”. El 15 de junio del 2004, 33 años después de no reunirse en un escenario, Julia Cortés y Los Machucambos se presentaron en el Auditorio Nacional. Su voz no había cambiado. Dos años después se le encontró un cáncer en la garganta, y la cantante de los pies desnudos no volvió a cantar. Su vida se fue apagando lentamente, y, el  21 de noviembre de 2008, sin que casi nadie se diera cuenta, Julia Cortés, la mujer que fue una leyenda en Europa, murió.

 

La última vez que los costarricenses vieron cantar a Julita Cortés y Los Machucambos fue en junio del 2005, cuando la agrupación dio un concierto en el Teatro Popular Melico Salazar. A criterio del crítico de música Alberto Zúñiga, la pérdida de la cantante deja un gran vacío en la escena musical.  “Ella cumplió una etapa, lo que ellos hacían nadie lo ha vuelto a hacer. Con ella muere una manera de cantar y un tipo de espectáculo”

 

Álbum de fotos:

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Fuente: María Lourdes Cortés. La cantante de los pies descalzos, Julia Cortés y Los Machucambos .  https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/herencia/article/view/9950

 

 

 

 

 

 

 

 

 

26. sep., 2018

A este hombre de 79 años el Barba Manuel J. Castilla le dedicó la zamba “Pastor de Nubes”. Se llama Leopoldo Barboza, vive en Santa Rosa de Tastil junto a su rebaño de ovejas, y los recuerdos se amontonan en su mente cuando habla de “su” zamba. “Vi muchas cosas en la montaña, desde platos voladores hasta almas en pena”, dice Barboza, el pastorcito que una tarde conoció al poeta y los dos se pusieron a conversar mirando la falda de una montaña, aquél lugar que fue como la sala de partos donde nació la canción que lo pinta de cuerpo entero.

“Ese que canta es Barboza, 
pastorcito tastileño, 
apenas se lo divisa, 
cuando llovizna en el cerro…”.

Esto es lo que dice la primera estrofa de la zamba Pastor de Nubes, a la que el Barba Manuel J. Castilla le puso el alma de la letra y la música fue obra de Fernando Portal. La historia dice que una tarde de invierno, de hace 32 años atrás, el Barba Castilla fue hasta Tastíl a visitar a un cuñado que trabajaba como telegrafista en el lugar. La estadía del poeta salteño iba a ser breve, pero la naturaleza, brava e indómita le cerró los caminos con una fuerte nevada y Castilla no tuvo más remedio que quedarse en Tastíl por el lapso de 26 días.

“Cada cardón de la falda, 
se le parece por dentro; 
un poco por las espinas, 
pero más por el silencio…”.

“Cuando el Barba se quedó andaba deambulando por el pueblo, y una tarde nos conocimos. Nos pusimos a charlar justo al frente de la falda de la montaña por donde yo bajaba con mi rebaño de ovejas por las tardes. Le cuento algo, hasta el día de hoy permanece ese lugar intocable, en mi Santa Rosa de Tastíl querido”, cuenta el Pastor de Nubes en la Fiesta del Choclo que se desarrolló en la Quebrada del Toro, y en dónde Barboza fue un invitado de honor.

“La florcita amarilla, 
de tu sombrero; 
pastora dámela en Pascua, 
que es tiempo de andar queriendo…”.

Nombra a su pago y se conmueve hasta el día de hoy. “Voy a morirme en Tastíl, a mi no me gusta la ciudad”, refresca, aquí estuve toda mi vida y es el lugar que me enamoró. Un día me iré de este mundo, y quizás me encuentre con el Barba Castilla allá arriba, si es que llegó, porque dicen que primero se deben pagar las culpas en el purgatorio y recién seguir viaje hacia el paraíso”, dice y suelta la sonrisa que retumbará en los cerros de la Quebrada del Toro, ese escenario que lo ve pasar arreando sus sueños al lado de su rebaño. 

Allá nació, se casó, tiene a sus seis hijos y su profesión de pastor sigue inalterable en el tiempo. “Por supuesto, sigo teniendo mi rebaño de ovejas y de cabras, y conozco los cerros estos como la palma de mi mano mi amigo”, cuenta con una sonrisa franca. 

“En medio de esos cerros pasaron muchas cosas, vi desde platos voladores hasta almas en pena, la viuda, al duende, al mandinga. Los cerros guardan cosas que pocos saben, y yo pude verlas señor”, y suelta el relato.

“Una noche venía solo, yo, mi caballo y mis ovejas. Cuando de pronto levanté la vista hacia el cielo y vi un círculo grande, como si fuera una rueda de una chata (NdR: así le llaman a esos carros de cargas grandes que eran tirados por bueyes, cuya circunferencia es mayor a los carros tradicionales) que tenía tres colores. Esa cosa pasó a toda velocidad y se perdió por detrás de los cerros. Yo agarré mi caballo pensando que se iba a asustar, pero nada,al igual que mi rebaño, que siguió caminando como si nada”, recuerda Barboza.

“Mirando pasar las nubes, 
encima el cerro me quedo; 
y de golpe me parece 
que soy yo el que se está yendo…”.

Gracias a la zamba que lo describe como nadie, Barboza llegó a conocer a muchas personalidades. “A Tastíl llegó hasta Pipo Mancera, pero vino solo, sin cámaras ni nada porque quería conocerme a mí y al lugar, nada más. Fue una linda charla con un hombre sensible”, rememora. “También conocí a grandes figuras del folclore, entre los que le puedo nombrar al Cuchi Leguizamón, a Horacio Aguirre, a Pantaleón, en fin, a muchos cantores y músicos”.

"Pastores como Barboza, 
puede ser que estén habiendo; 
pero ninguno como él, 
que de amor ande muriendo…”.

COMENTARIO DE CUCHO MÁRQUEZ
Este tema bucólico es de los mismos autores que la Zamba de Angastaco. La acción trascurre en la localidad salteña de Tastil, situada en un marco de inigualable belleza, a 75 Km de Campo Quijano, en la Quebrada de las Cuevas, a una altura de 3200 metros sobre el nivel del mar. 

En la cima de una montaña -lo que suponía para el indígena americano un mayor dominio del área- se encuentra una antigua ciudad prehispánica de casi doce hectáreas, que asombra al viajero y constituye sin lugar a dudas uno de los monumentos más importantes de la arqueología argentina. No extraña que desde esa altura, viendo las nubes por debajo, nuestro pastorcito tastileño inmóvil, silencioso y arisco como un cacto y poco conocedor de Galileo, no sepa si es él quien se mueve o si son las nubes las que lo hacen. 

Tema para disfrutarlo en las voces de Gerardo López y demás Fronterizos de la época clásica.

PASTOR DE NUBES - Zamba
Letra: Manuel José Castilla 
Música: Fernando Portal

Ese que canta es Barbosa, 
pastorcito tastileño. 
Apenas se lo divisa, 
cuando llovizna en el cerro.

Cada cardón de la falda 
se le parece por dentro. 
Un poco por las espinas, 
pero más por el silencio.

La florcita amarilla 
de tu sombrero, 
pastora, dámela en Pascua, 
que es tiempo de andar queriendo.

Mirando pasar las nubes, 
encima ‘el cerro me quedo, 
y de golpe me parece 
que soy yo el que se está yendo

Pastores como Barbosa, 
puede ser que estén habiendo. 
Pero ninguno como él, 
que de amor ande muriendo. 

ÁLBUM DE FOTOS:

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ENLACES. VER EN YOUTUBE

Las Voces Blancas:  https://www.youtube.com/watch?v=VjAt9GhT4ds

 

Los Fronterizos: https://www.youtube.com/watch?v=024WansQO-g

 

Vídeo:    https://www.youtube.com/watch?v=mFs859U_X2M

 

 

Fuente: www.informatesalta.com.ar

 

 

 

 

 

 

 

 

16. ago., 2018

 

Fueron el conjunto masculino más importante adscrito al Neofolklore, pero incluso antes de que en Chile comenzara a usarse ese término, los integrantes de Los Cuatro Cuartos se ocupaban en investigar la música de raíz de diferentes partes del mundo para adaptar algunas de esas ideas a la estructura de la tonada chilena, preparando así el cambio que luego producirían en el cancionero local. Si bien su estampa pública era la de un conjunto vocal en el que sus elaboradas armonías son una de sus marcas distintivas, en privado esos mismos intérpretes mantenían encendidos debates sobre folclore, jazz y la música internacional que hoy se calificaría de étnica. En esa formación rigurosa y en esa mirada atrevida se explica parte importante de su éxito, importante en sociedad, pero también vehículo para proyectar el talento individual de nombres fundamentales de la música popular chilena, como los de Pedro Messone, Luis Chino Urquidi y Willy Bascuñán.

 

El conjunto grabó algunas de las más populares melodías difundidas en Chile durante la década de los sesenta, incluyendo “Qué bonita va”, “Los viejos estandartes” y “Ay, ay, ay”; tuvo un disco súperventas  "Al 7º de línea" y motivó el surgimiento de varios conjuntos inspirados en sus armonías vocales y disposición escénica. Tras un par de separaciones más o menos extensas, Los Cuatro Cuartos se mantienen hoy con vocalistas ingresados luego de su período de mayor éxito.


Su primera formación fue entre porteños. Pedro Messone conocía desde la infancia a Luis Enrique Chino Urquidi, y compartieron desde jóvenes la afición al jazz, así como un gusto por el folclore chileno atípico entre los de su generación. Era una época en que a la zona central apenas llegaba el sonido de los extremos del país; y en que la música andina o el folclore chilote eran, para los chilenos urbanos, géneros tan lejanos como la música árabe o rusa, asegura Messone. En ambos jóvenes, su gusto por la música incluía la afición por leer, investigar y establecer relaciones entre lo que aprendían.

 

Formaron Los Cuatro Cuartos en Valparaíso, en 1962, también con Fernando Torti y Raúl Conejo Morales. Todos ellos ya habían concluido su educación escolar y estaban en proceso de mudarse a Santiago para ejercer diversos oficios. El asentamiento del grupo fue, por lo tanto, con ellos ya en la capital. Luis Chino Urquidi  pianista, compositor y arreglador autodidacta quedó a cargo de la dirección vocal. «Tenía un enorme talento para armar las armonías», recuerda Pedro Messone, quien asegura que sus primeros ensayos estuvieron influenciados por lo que conocían de coros alpinos, afroamericanos, rusos y brasileros. Sus reuniones eran ratos de esparcimiento en sus cada vez más ocupadas jornadas laborales. Ninguno de ellos llegó a pensar entonces que su afición por la música se convertiría alguna vez en algo profesional.

 


Por sus obligaciones como profesor primario, Morales debió retirarse al poco tiempo, y fue reemplazado por Guillermo Willy Bascuñán, quien recién había dejado el uniforme de subteniente en la Escuela Naval. Con él a bordo y la posterior incorporación de Carlos Jorge Videla, saxofonista del Club de Jazz, el grupo consiguió un trabajo para interpretar jingles en “El show efervescente Yastá”, espacio de radio Corporación producido por Camilo Fernández. Con sus impecables smokings, Los Cuatro Cuartos comenzaron así cantándole al dolor de cabeza.

 

Algo sucedió un día que agitó al coordinador del espacio. «Se nos acercó muy nervioso diciendo que había que rellenar, que por qué no lo ayudábamos con algo improvisado», rememora Messone. El grupo tenía varias canciones ensayadas y ofreció una interpretación a capella para “Bajando pa’ Puerto Aysén”. «Perfecto», les respondieron. Los Cuatro Cuartos comenzaron entonces su primera interpretación formal ante un auditorio. Al terminar, Messone recuerda segundos de silencio. «Y, de repente, el estruendo de los aplausos».

 

No habría vuelta atrás. Al día siguiente, las oficinas de radio Corporación recibieron todo el día llamados de quienes querían volver a escuchar al grupo. El propio Camilo Fernández les sugirió volver al escenario, esta vez con la canción argentina “Juan Payé”. La nueva lectura del folclore trabajada por Los Cuatro Cuartos daba forma a un sonido nuevo y capaz de cruzar generaciones y audiencias. En palabras de Messone, «nunca se habían hecho armonías como las nuestras, menos con voces masculinas. La tesitura era muy abierta, y sonábamos como un coro alpino o negro».  También el efecto del experimento era sin precedentes. En el texto que Camilo Fernández escribió para la trasera del primer álbum del grupo, se lee: «Nunca antes las hordas coléricas habían desgarrado la ropa de un conjunto de música chilena ni jamás se habían pedido con tal fervor fotografías y autógrafos a cultores del folklore». Era una suerte de manía de agudos femeninos.

 

Además de la selección de repertorio sudamericano, se activó un sistema de colaboraciones con una serie de compositores locales. Gente como Rolando Alarcón y Patricio Manns les entregaron canciones de su autoría, en una asociación que hoy parece al menos curiosa, a la luz de las diferencias políticas que terminarían por distanciar a esos antiguos compañeros de canto. En los dos primeros LPs del grupo se encuentran, también, grabaciones para temas de Segundo Zamora y Francisco Flores del Campo que el conjunto convirtió en clásicos, aunque acogiendo también creaciones de su integrante Willy Bascuñán,  de quien el grupo llegó a grabar diecinueve temas.

 

Los Cuatro Cuartos regularizaron una temporada de presentaciones en el Teatro Caupolicán y en diversos escenarios de provincia. Poco a poco se concretaba lo que alguna vez había sido un sueño lejano: profesionalizar su afición por la música. Para entonces su estilo ya estaba bien definido: canciones sencillas pero de arreglos complejos; enraizadas en el folclore chileno del Valle Central, pero con la mirada abierta hacia lo que en simultáneo trabajaban grupos argentinos de similar orientación, como Los Huanca Hua y Los Trovadores del Norte. A diferencia de los grupos folclóricos, la estampa del conjunto era la de jóvenes en extremo formales, siempre vestidos de smoking y con un físico que daba para confiar en un seguimiento femenino entusiasta. El dato es importante. Hasta entonces seguían siendo las cantoras quienes dominaban el trabajo en ese género. Según Willy Bascuñán, «buscamos canciones más viriles para retomar el folclore que en este país siempre lo tuvo la mujer. Hay que recordar que antes las canciones, y esto lo digo con todo respeto, eran solamente “que sí, que no, qué linda la chinita”».

 


El éxito de Los Cuatro Cuartos determinó el más interesante movimiento de recuperación de la raíz folclórica chilena que haya acogido la música comercial antes de la irrupción de la Nueva Canción. Vinieron Las Cuatro Brujas, Los de Santiago, Los Paulos y Las del Juncal, entre otros; y Los Cuatro Cuartos consiguieron uno de los mayores éxitos de su carrera, con “Qué bonita va”.

 

La historia de cómo esa tonada de Francisco Flores del Campo llegó a las voces del conjunto es una de las más curiosas anécdotas de la música de esa época. Era el tema que presentarían Los Huasos Quincheros a la competencia del Festival de Viña de 1964, al que Los Cuatro Cuartos irían como invitados del show internacional. El conjunto de Messone y Urquidi  ya lo conocía, y no tenía dudas sobre su valor. Motivados por Camilo Fernández, invirtieron entonces los últimos meses de 1963 en idearle arreglos y grabarlo como disco 45. Así, cuando Los Huasos Quincheros mostraron y llevaron el tema al triunfo, Los Cuatro Cuartos estaban listos para capitalizar ellos las ganancias. Al día siguiente de la final del festival, “Qué bonita va” ya estaba en todas las disquerías del país… pero en voz de Los Cuatro Cuartos. Casi todos creen hasta hoy que fue este grupo el de la interpretación primera.

 

El conjunto sufrió un golpe importante cuando, en 1964, Pedro Messone anunció su decisión de alejarse para actuar durante una temporada en el montaje de La pérgola de las flores con el que el Teatro de Ensayo viajaría a México. Había alcanzado ya a grabar el álbum debut del grupo, publicado ese mismo año por Demon. La salida de Messone resultó definitiva, y permitió la entrada de Sergio Lillo al conjunto. Con él ganaron el Festival de Viña de 1965, con “Mano nortina”, de Hernán Álvarez  y viajaron más tarde ese año a Perú, México y Estados Unidos.

 


Los Cuatro Cuartos trabajaron el álbum Adiós al séptimo de línea (1966) como la obra más ambiciosa de su carrera, y el éxito que obtuvo apenas ésta se publicó fue coherente con ese espíritu de gran logro. El conjunto se inspiró en una novela histórica homónima de Jorge Inostroza para las hazañas de la Guerra del Pacífico, y dejaron de hecho al escritor a cargo de la composición de versos. La grabación completa en los estudios Splendid, con Luis Torrejón a cargo, tomó seis meses, con al menos diez horas diarias de ensayo. Fue uno de los primeros discos chilenos grabados en estéreo, y su carátula incluyó un trabajo gráfico excepcional, incluso con textos introductorios para cada título.

 

El mayor éxito del disco llegaría a ser el tema “Los viejos estandartes”, que el Ejército de Chile adoptó más tarde como himno institucional. En los ránkings locales de abril de 1966, el tema destrona del primer lugar a “Girl”, de los Beatles. «La historia de Chile ahora se puede estudiar por música», tituló la revista Ritmo un reportaje sobre el disco, sin duda un hito en el subgénero de la canción de ancla cronística y en el esfuerzo de la época por darle a los LPs nuevas categorías conceptuales y narrativas.

 

En medio de un innegable auge, Los Cuatro Cuartos se vieron obligados a disolverse por primera vez y por una dramática razón. En diciembre de 1966, un choque automovilístico mató a Fernando Torti, la voz baja del conjunto. El resto de los integrantes decidió una pausa total que se extendió por tres años. Lillo, Videla y Bascuñán se reagruparon entonces en Los Solitarios; y Urquidi, quien venía trabajando hacía un tiempo con Las Cuatro Brujas, armó una apuesta pop que resultaría de gran éxito: Los Bric-A-Brac.

 

En 1970 Los Cuatro Cuartos tienen su primer reencuentro, que trata básicamente de presentaciones televisivas, porque en realidad nunca el grupo retomó el impresionante éxito de los inicios. A mediados de los años 70 hay una nueva aparición sin Urquidi y bajo el mando de Bascuñán, donde aparecen algunos nuevos éxitos como "El huaso Bueras". En 1984 Carlos Jorge Videla sufre un accidente vascular y el grupo desaparece, hasta que a mediados de los ’90 Patricio Torti (hermano de Fernando y su reemplazante desde 1970) y Fernando Jiménez (sustituto de Urquidi) deciden sumar músicos jóvenes y continuar con el conjunto, con el que han grabado dos cds y han seguido cantando por todo Chile.

 

Hoy Los Cuatro Cuartos están conformados por Patricio Torti, Fernando Jimenez, Waldo Rojas, Jaime Pérez y Carlos Vásquez. El año 2004 han grabado un disco llamado "En tu nombre" que reedita temas ya ahora clásicos como el Ay Ay Ay, El Huaso Bueras, y presenta otras composiciones inéditas de destacados compositores de folclore. Los Cuatro Cuartos siguen presentándose en vivo, habitualmente en diversos escenarios del país.

 

 

Integrantes

Luis Enrique Chino Urquidi; voz (segundo barítono), piano y guitarra (1962-1978)
Fernando Nano Torti, voz (bajo) (1962-1966)
Pedro Messone, voz (primer tenor) y percusión (1962-1964)
Raúl Conejo Morales, voz (1962-1963)
Carlos Jorge Videla, voz (1963-1985)
Guillermo Willy Bascuñán, voz (segundo tenor) y guitarra (1963-1980)
Sergio Lillo, voz (1964-1985)
Patricio Torti, voz (bajo) (1969-1985 / 1997 – •)
Fernando Jiménez, voz (primer barítono) (1978-1985 / 1997 – •)
Carlos Vásquez, voz (primer tenor) (1997 – •)
Waldo Rojas, voz (segundo tenor) (1997 – •)
Pablo Montaldo, voz (?)
Jaime Pérez, voz (segundo barítono) (1997 – •).

 

Álbum de fotos:

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Fuente:  Marisol García   http://www.musicapopular.cl/

 

 

 

 

 

 

 

 

4. ago., 2018

 

Un trajín de 55 años en nuestro folclore como bailarín, bombisto y recitador hacen de Juan Carlos "Ñato"Gramajo un referente indiscutible de nuestra música. Profundo conocedor del bombo y sus secretos, proviene de una familia fabricante de bombos legüeros. Con sólo 13 años Gramajo formó parte de la recordada agrupación de Andrés Chazarreta, para luego continuar con el grupo de Ariel Ramírez y viajó por todo el mundo con la obra conceptual "La Misa Criolla". Hasta que promediando la década de los 80, fundó la Chacarerata Santiagueña, cuyo nombre fue creado por Vitillo Abalos de los recordados Hermanos Abalos.

 

En casa de los Gramajo siempre había lugar para las fiestas, peñas o trincheras donde se autoconvocaban tíos, primos, hermanos...todos hacedores y tocadores de bombos. Juan Carlos desde niño aprendió de forma autodidacta en este ambiente. Nunca  estudió percusión ni música.


En el año 1956 tenía unos trece años cuando ya formaba parte de la Compañía de Arte Nativo perteneciente a Don Andrés Chazarreta junto a otros artistas de la generación de Agustín Carabajal, Antonio Ramírez o Los cantores de Salavina.  Actuaban en el teatro casino de la calle Maipú con un espectáculo que se llamaba “El alma del quebrachal” donde presentaban leyendas y costumbres de nuestra provincia Santiago del Estero. Esa gira duró tres meses, culminando en el Parque Independencia de la capital de Tucumán.  Don Andrés Chazarreta fallece en el año 1960 y el destino llevó a Juan Carlos a trabajar en otros países:  Bolivia, Perú, México...


Imposible no querer ese pueblo tan romántico y colorido, como México, con una ubicación geográfica excepcional para hacer giras a Estados Unidos. Bailaba muchísimo en el área de California o Nueva York. Todavía vivía su madre, así que cada tanto regresaba al país a visitarla y a tocar en diversas peñas. En uno de esos viajes estaba tocando en la peña “El palo borracho”, lo vió Ariel Ramírez y le contrató para su espectáculo “Cantemos” que hacía con Lolita Torres. Se quedó ocho años con él. Después también con Ariel Ramírez y junto a los más grandes del folclore: Eduardo Falú, Los Fronterizos, Domingo Cura...  intervino en el espectáculo de la Misa criolla. Una hermosa experiencia con la que recorrieron Israel, Suiza, Alemania, España, Portugal, Costa Rica, Colombia, México llevando nuestra música.

 

Después de permanecer ocho años como percusionista de Ariel Ramírez en Buenos Aires y el mundo, buscó la independencia. De esa manera formó un grupo folklórico que tocaba en diversos lugares pero carecía de nombre. Hasta que los hermanos Ábalos nos bautizan con el nombre que nos hace conocidos:  "Si Bariloche tiene la Camerata, Santiago tiene a la Chacarerata".  Como todo grupo humano sufrió varias fisuras a lo largo de estos veintidós años. Por la Chacarerata han pasado componentes como Quique Ponce, Aurelio Gramajo e invitados como Shalo Leguizamón, Coco Banegas, Claudia Romero, Motta Luna pero durante mucho tiempo los cuatro componentes fijos fueron: Sergio Pérez en canto y guitarra, German Gómez en violín y guitarra, Mario Palavecino en bandoneón y Juan Carlos "El Ñato" Gramajo en percusión, recitado y voz de mando.

 

Con La Chacarerata Santiagueña recorrió los escenarios del país obteniendo el respeto y el aplauso del público. Distinguido por numerosos e importantes premios como Consagración ’87 Cosquín, ACE ’96, Trimarg’2000 otorgado por la UNESCO. Un conjunto caracterizado por ejecutar temas tradicionales junto a las nuevas producciones siempre bailables, con una dedicación especial de guardar el estilo y la cadencia de los ritmos folklóricos. Su repertorio está conformado por autores de la talla de Yupanqui, los Hermanos Simón, Raúl Trullenque, Los hermanos Ríos, Peteco Carabajal entre otros, junto a la autoría de sus integrantes.



Por la Chacarerata pasaron cantores populares como Shalo Leguizamón, Motta Luna, Claudia Romero, Coco Banegas, Quique Ponce, Rodolfo Maldonado (actualmente en La Clave Santiagueña) y el lema antes de cada concierto era "Si Bariloche tiene la Camerata, Santiago tiene a la Chacarerata". Actualmente y hasta que la enfermedad lo dejó sin subir a los escenarios, la agrupación se integró con Sergio Pérez en guitarra y voz, German Gómez en violín y Mario Palavecino en bandoneón y el colorido de su hermano el recordado (falleció hace dos años), Aurelio "el Shalako" Gramajo, el "bailarín de los montes". "La Chacarerata, te lleva por delante, a cielazos e infiernazos, como decía el poeta de Santiago de Chuco. Son ritmos que juntan, si, al cielo y al infierno, las estrellas y la Salamanca", comentó Marcelo Simón sobre Gramajo.



Valses, chacareras, zambas y gatos del estilo de "A mi madre", "A mi canasto de mimbre", "Zamba de un sentir", "Chacarera del Cachilo", "La Ceferina", "Fiesta en Mailin", "A mis paisanos santiagueños" y "Que lindo es ver a mi mama", son clásicos en la versión de la Chacarerata. Permanentes fueron protagonistas de los festivales del interior del pais como Cosquín (consagración 1987), La Chacarera de Santiago, Jesús María, La Salamanca, Baradero y tantos otros, que los vieron trasladar el reconocido "patio e` tierra" santiagueño a esos escenarios. "La Chacarerata me hace pensar que, a veces, lo más moderno es lo tradicional", finalizó Simón. La música de La Chacarerata Santiagueña nos deja el olor a pan casero y a patio regado de la provincia donde las chacareras y las vidalas entrelazan sus sonidos junto a las alegrías y tristezas de sus pobladores.

 

Juan Carlos “Ñato” Gramajo,  falleció el 25 de diciembre de 20019, a los 76 años de edad, en una clínica porteña víctima de una larga y penosa enfermedad. Los restos del popular artista santiagueño reposan en el cementerio de de la localidad de Olivos, ciudad del norte del Conurbano Bonaerense.


Álbum de Fotos:

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Fuente:  mimusicasudamericana.blogspot.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

29. jul., 2018

 

Juan de los Santos Amores, nacido un 12 de enero de 1915, fué un artista del folclore popular. Su nombre real fue Eduardo Diaz Blasco. Es conocido por su dedicación a la recopilación y enseñanza de las danzas folklóricas argentinas, y la creación de su Instituto de Arte Folklórico (I.D.A.F.), institución con más de 60 años en su funcionamiento y que cuenta actualmente con más de 3000 escuelas en todo el país, desde La Quiaca hasta Ushuaia, quizá su obra más grande y la que más ayudó en su carrera a la difusión del folklore argentino.

 

Juan de los Santos Amores era músico, poeta, compositor, escritor, actor, coreógrafo y, por sobre todas esas actitudes, un apasionado folklorista. Dirigió exitosas embajadas artísticas auspiciadas por la ex comisión de cultura, secretaria de Buenos Aires. Realizo extensas giras por el interior y países vecinos, primeramente como integrante de la compañía de revistas conducida por Carlos Torres. Posteriormente al frente de su compañía de arte nativo.

 

Como actor se inició a temprana edad en los circos. Actuaba en la primera parte al frente de su conjunto de música y danzas y luego en la segunda como actor teatral, llegando a personificar a galanes y papeles característicos, como en El Alma de los Perros y el popular drama Juan Moreira.  Incursionó en la ciudad de Buenos Aires en exitosas temporadas teatrales, destacándose la realizada en el teatro argentino, como responsable de la segunda parte de la compañía Romerías, con un gran espectáculo argentino, contando con exitosos bailarines y actores, para la realización de originales cuadros folklóricos y de tango, donde se incluía un Malambo combinado por más de treinta personas de ambos sexos.

 

En 1943 produce, dirige y anima el primer programa radial dedicado al folklore, al que título “Rasgueos en la noche”. Fue por L.R.6 Radio mitre de 21 a 23. Emitía en forma permanente las grabaciones de los artistas nativos, casi siempre desconocidos para la mayoría del público, pues ninguna otra emisora los difundía. Recibía de visita a los más importantes artistas de aquella época, como Andres Chazarreta, Patrocinio Diaz, Horacio Petorosi que fue guitarrista de Carlos Gardel, el dúo Llamas- Barroso, el dúo de las hermanas Lamar, el dúo Ocampó – Vera con Fernando Bustamante al piano, Rogelio Araya, Atahualpa Yupanqui, Manuel Acosta Villafañe, Julio Argentino Gerez, y otros.  Actuó en innumerables lugares con su conjunto de arte nativo de música y danzas, actuando junto a artistas como Santiago Ayala El Chúcaro y la Dolores o la familia Berón. Hacia 1949 gestiona su nombre artístico con el cual se lo conoce en todo el país.

 

En 1952 fue declarado por la prensa uruguaya, en la ciudad de Montevideo, primero en el ranking de popularidad, al frente de su conjunto con sus vihuelistas cantores, al efectuar exitosas temporadas en televisión, teatro y radiofonía en la vecina orilla. En el cine argentino protagonizo la película “Los Troperos”, con figuras como Eva Dongé y otros. Desempeño uno de los principales papeles de tropero, actuando siempre de a caballo sin ser doblado ni en las escenas más peligrosas y difíciles. Fue además su coreógrafo, asesor folklórico y autor de las canciones y danzas de la misma. Esta producción fue dirigida por Juan Sires. En otra oportunidad se desempeñó como actor con absoluta eficacia en el film premiado por el instituto nacional de cinematografía, “Pepino no sabe jugar”, donde desempeño a un guardián del Jardín Zoológico

 

Como hombre de a caballo siempre se destacó en ese deporte criollo. En 1946 viajó directamente a Zapala, Neuquén, para emprender una larga excursión a caballo por la Patagonia andina de 750 km de extensión. Durmió sobre el recado en los bosques cordilleranos, siempre acompañado por un baqueano criollo, nacido en esos contornos. Así conoció al sabio Juan Benigar con el que estableció una estrecha relación. Cruzo siempre de a caballo tres veces de ida y vuelta la cordillera a Chile, donde también viajo acompañado de dos guasos chilenos. En 1948 repitió las travesías. Y en 1952, volvió para filmar en la estancia Pulmari la precitada película “Los Troperos”.

 

En el aspecto musical es copiosa su intervención pues ha grabado más de quinientos temas entre ellos “En la Peña de Santos Amores”, “¿Qué es la Patria?”, “Mi Tierra y tu Cielo”, “La Zamba danza Nacional”, etc; todos discos y cassetes de larga duración. Como creador, utilizando instrumentos autóctonos como la quena y el charango, grabó el Himno Nacional Argentino, la Marcha a mi Bandera. Últimamente la Marcha a San Lorenzo y Aurora.

 

Bajo el aspecto docente su actividad fue muy meritoria e intensa desde muy jovencito. Nació en un hogar criollo de muchísimas generaciones de argentinos, iniciada en la época de la Colonia. Recibió desde muy pequeño intensos conocimientos danzantes en su hogar, donde se practicaban los bailes nativos. A los trece años enseñaba a sus amigos y compañeros de estudio. Aprendió el malambo llamado sureño en su hogar y en el campo en la estancia de su tía Elisa Díaz de Olivera. Se codeo siempre con los más grandes bailarines de Buenos Aires y del norte, entre ellos, el más grande de todos, Ramón Espeche.

 

Su constante actividad cultural y argentinista lo llevó a crear en 1953, el Instituto de Arte Folklórico, IDAF, que posee en la actualidad desde donde comienza la Patria, La Quiaca y Clorinda, hasta el Estrecho de Magallanes muchas miles de escuelas, con profesores jóvenes cuyas edades oscilan de 15 a 25 años en su mayoría conducidos por 150 Directores Zonales. Presidio 17 Congresos Nacionales de Folklore, realizados siempre en el interior del país, con excepción del de 1986, que lo llevó a cabo en la Capital Federal, como Cordoba, Santa Fe, Entre Rios, La Pampa, etc.

 

En 1962, dio una conferencia en SADAIC titulada “Por qué la Zamba debe ser nuestra Danza Nacional”. Desde entonces ha difundido esta inquietud en todo el país, esperando hasta su muerte, sin ver cumplido su sueño que algún político le dé fuerza de ley a su propuesta. En los últimos años de su vida creó el festejo del 25 de Mayo en la calle Corrientes con miles de bailarines (que luego se difundieron por todo el  país), que representan decenas de danzas folklóricas. Murió un 13 de noviembre de 1995.                                                                                      

 

Álbum de fotos:

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Fuentes: https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_de_los_Santos_Amores. http://www.surcosistemas.com.ar/web/Herrera_SolCamila/